Llegué a Nueva Delhi con el alma entusiasta y los sentidos completamente impreparados. Bajás del avión y ya en la manga te pega: un calor pegajoso, una mezcla de humedad y aire acondicionado vencido, y esa energía eléctrica que tienen los aeropuertos indios, como si todo el mundo supiera a dónde va pero ninguno tenga apuro.
Después tomás el metro y cuando salís a la calle…
Ahí es donde India te golpea en serio.
Lo primero que te invade es el olor. Pero no un olor solo, no. Es un combo, una especie de perfume versión extrema que tiene todo a la vez: incienso ardiendo en un altar callejero, especias flotando en el aire desde una olla gigante de curry, sudor humano porque hace calor y humedad casi todo el año, un poquito de cloaca que aparece de golpe y desaparece, pan recién hecho, y de fondo el dulce olor de las flores que venden en las ofrendas. Todo junto. Como si el universo te dijera: ‘¡Bienvenida a Delhi, nena, esto no es Europa!’
Los colores son otro capítulo aparte. La gente se viste con una dignidad cromática que ya la quisiéramos en Occidente. Mujeres con saris fucsias, anaranjados, turquesas, con dorados que brillan al sol como si fueran lentejuelas sagradas. Cada prenda parece salida de una caja de acuarelas. Los hombres también: algunos con kurta y pantalón blanco, otros en jeans y camisa como en cualquier ciudad, pero todos caminan con ese aire tan indio que mezcla espiritualidad con resignación alegre.
Y los sonidos. Las bocinas. En Delhi no se conduce: se sobrevive. Es como un ballet de caos sincronizado donde los autos, los tuk tuks, las bicicletas, las vacas, los peatones y los carros tirados a mano conviven sin chocarse —casi. Todos tocan bocina, todo el tiempo, no para quejarse como en Buenos Aires, sino como diciendo: ‘¡Estoy acá, no me aplastes!’. Es un lenguaje. Tardé dos días en dejar de sobresaltarme con cada bocina. Después, cuando no las escuché, me faltó algo.
Las vacas, por supuesto, son lo mío. Están en todos lados. En el medio de la calle, sentadas entre dos negocios, caminando tranquilas por avenidas de cuatro carriles como si fueran la dueñas del mundo —que en India, técnicamente, lo son. Nadie las corre. Nadie les toca la bocina. Los autos las esquivan con una naturalidad que a uno le lleva días procesar. Yo la primera vez que vi una parada en plena intersección, rodeada de motos zumbando por todos lados, me quedé mirando con la boca abierta hasta que alguien me agarró del brazo y me sacó del camino. ‘Ella no se mueve’, me dijeron. ‘Somos nosotros los que doblamos’.
