Hoy entré a Wat Ahan pensando que iba a ver un templito tranquilo, de esos que saludás, das una vueltita y te vas. Pero no. Apenas cruzo la puerta y siento que me metí en un episodio perdido de la vida del Buda, versión ilustrada para que nadie se duerma. Las paredes están cubiertas de murales que mezclan mandalas, cómic, novela espiritual y un toque de delirio artístico hermoso. Es como si alguien hubiera dicho: “explíquenme toda la iluminación del Buda, pero háganlo tan colorido que el cerebro tenga que actualizarse”.
Caminás dos pasos y caés en otra escena más intensa que la anterior. Dramática, simbólica, explosiva. Te juro que mis ojos iban de un mural al otro como si estuviera haciendo zapping en un televisor espiritual de 200 pulgadas. Cada dibujo parece tener un secreto escondido, una historia paralela o un gesto que te hace acercarte un poquito más para ver si realmente viste lo que viste.
Hago un paréntesis
Antes de seguir con la historia: si querés resolver el alojamiento rápido (sin abrir veinte pestañas), esta es la opción que yo miraría primero. Bien ubicada y con muy buenas valoraciones.
Y cuando ya estás procesando tanto color, tanta historia y tanta creatividad, levantás la vista… y ahí aparece, como si fuera la jefa del lugar: la estupa gigante. Blanca, enorme, altísima, imponente. Es como si un edificio hubiera decidido disfrazarse de monumento sagrado. Te quedás quieta abajo, mirándola para arriba, y sentís que es tan grande que si creciera un poco más podría tocarle la panza a una nube. No hace ruido, no necesita adornos, no necesita nada. Está ahí, plantada, diciéndote sin palabras: acá se respira otra cosa.
Y lo genial es que la estupa no compite con el templo; lo acompaña. Vos salís de ver las paredes llenas de historias y te encontrás con ese gigante blanco custodiando todo. Es como si Wat Ahan tuviera doble personalidad: por dentro el festival visual más inesperado, y por fuera la serenidad total de una estupa que te baja el ritmo con solo mirarla.
Adentro, los budas te observan con esa cara de “tranquilizate un poco”, el aire parece más suave y tus pasos suenan como si fuera un lugar que no quiere apuros. Es uno de esos templos que te dejan distinta, como si hubieras entrado para mirar y salieras entendiendo algo que no sabés explicar del todo.

