Hay ciudades que te sacuden. Y después está Varanasi, que directamente te desmonta.
Varanasi es la ciudad más antigua del mundo que está habitada de forma continua. Tiene más de tres mil quinientos años. Tres mil quinientos. Mientras Babilonia caía, mientras Roma se construía, mientras el mundo entero cambiaba de manos y de formas, Varanasi seguía ahí, al borde del Ganges, siendo exactamente lo que es: el centro espiritual del hinduismo, el lugar donde los hindúes sueñan con morir para liberarse del ciclo de reencarnaciones.
Llegamos de noche y bajamos al río caminando por callejuelas que no tienen más de un metro de ancho, donde las vacas se mezclan con los devotos y los turistas y los sadhus con las caras pintadas de colores. El olor a incienso es tan denso que casi se puede cortar con la mano. Las paredes de piedra están cubiertas de dibujos sagrados, de nombres, de rezos. Y al fondo, el Ganges, ancho y oscuro y poderoso, con las llamas de las cremaciones encendiéndose en la orilla como velas para gigantes.
Los ghats son las escalinatas que bajan al río. Hay ochenta y cuatro y cada uno tiene su propio nombre, su propia historia, su propio propósito. Hay ghats para bañarse, ghats para lavar ropa, ghats para pescar, ghats para rezar. Y hay dos —Manikarnika y Harishchandra— que son los ghats de cremación, los más sagrados de todos, donde el fuego nunca se apaga.
Esos fueron los que yo fui a ver. Y antes de ir, ya me habían advertido: nada de fotos. Nada de videos. Ni celular en la mano. La muerte en Varanasi no es espectáculo: es sagrada. Mostrarla en redes sería, para ellos, como reírte en un velorio. Una falta de respeto total.
Me acerqué caminando despacio, como cuando sabés que estás entrando a un espacio que te pide que bajes la frecuencia. Y ahí estaban: las piras ardiendo, dos, tres a la vez, con troncos apilados y llamas altas que iluminaban las caras de los que miraban desde cerca. Los hombres —solo hombres, las mujeres no están presentes porque creen que el llanto retiene el alma— estaban parados en silencio. Algunos con las manos juntas. Algunos mirando al fuego con esa expresión que tienen los que están procesando algo demasiado grande para el tamaño del pecho.
Me contaron que el fuego sagrado de Manikarnika nunca se apaga. Está encendido desde hace siglos. Y que el hijo mayor, rapado y vestido de blanco, lo trae en una antorcha para encender la pira. El cuerpo está envuelto en telas de colores, con flores encima. Y cuando el fuego avanza y el humo sube, el alma —según su creencia— empieza a liberarse del samsara, del ciclo eterno de vida y muerte. El objetivo es el moksha: la liberación total.
Estuve parada ahí un largo rato. Sin hablar. Sin sacar fotos. Solo mirando y sintiendo cómo algo dentro mío se reordenaba en silencio.
Y entonces apareció el chancho.
Así, sin previo aviso, sin ningún tipo de preaviso cósmico. Un chancho gigante, rosado, con una mirada de propietario, se plantó entre yo y la salida. Y entre el chancho y yo, el humo denso de otra cremación que justo empezaba. Era literal: chancho adelante, humo atrás, yo en el medio, en un ghat sagrado, con gente muy tranquila a mi alrededor mientras yo estaba entre asfixia, pánico suave y ganas de reírme.
Me terminé riendo. Porque claro, India te da una escena sagrada y una tragicomedia todo junto. Es el paquete completo.