Esa tarde estaba nublada, pero de ese nublado que te hace sentir que el universo te está tirando un guiño: “andá ahora, que hoy es el día”. Yo venía dudando un poquito, medio remolona, pero al final dije: “Nadita, dejá de pensarlo tanto y andá”. Así que salí caminando hacia el templo, que ya se veía desde varias cuadras antes, altísimo, gigante, como si flotara arriba de la colina mirándolo todo. Ahí también vi las escaleras… y pensé: “Bueno, acá empiezo la clase de glúteos gratuita”.

Cuando llegué a la base, lo primero que me recibieron fueron los elefantes guardianes. Mamita, qué presencia. Gigantes, firmes, imponentes. Esa cosa de protección y sabiduría que te frena un segundo y te acomoda el alma. Es como si te dijeran: “Respirá, estás entrando a un lugar especial”. Y yo ahí, parada, mirando para arriba, pensando: “Bueno, ya estamos, Nadita, ahora subí”.

Unos escalones más arriba apareció una figura que me quedó clavada en la memoria: una persona con cuatro cabezas, cada una mirando hacia un lado distinto. Y es tremendo porque simboliza esas cuatro maneras de ver la vida: lo terrenal, lo espiritual, lo bueno, lo malo. Todo conviviendo junto, como convivimos nosotros con nuestras contradicciones. Y las manos con diferentes mudras, indicando enseñanzas, caminos, decisiones. Todo eso en una sola figura. Es como si te dijera: “Tranqui, no sos un caos, sos un universo entero”.

Más arriba, custodiando esa zona, había un dragón protector, enorme, cargado de detalles y simbolismos. Esa energía de fuerza, de impulso, de decirte: “subí un poquito más, que todavía no viste nada”.

Seguí trepando y llegué al nivel del gran barco. Tremenda escena. El barco estaba lleno de figuras, cada una en su gesto: remando, sosteniendo, empujando. Y el mar en el que navegaban representaba todo lo que tenemos que atravesar en la vida: egos, preocupaciones, enojos, miedos, tormentas internas… todas esas cosas que nos salpican por dentro. Pero lo más lindo fue ver que en ese barco ninguno estaba solo; todos estaban acompañados, como diciendo: “vos también tenés tripulación, aunque a veces no te des cuenta”.

Y ahí, en medio de todo, un cofre dorado. Yo lo interpreté como ese tesoro interno que encontramos después de atravesar todo lo que nos pesa. Ese brillo que queda cuando pasamos por nuestras aguas más movidas.

Creyendo que ya estaba cerca del final, seguí subiendo y me encontré con los discípulos dorados: un montón de figuras alineadas, todas con posturas distintas, todas en silencio, todas mirando hacia adelante. Eran los monjes que alcanzaron un nivel espiritual profundo. Y te juro que la sensación fue como escuchar un susurro: “mirá, todos llegamos… vos también podés”. Ese tipo de mensaje silencioso que te abraza.

Y ahora sí, después de todo eso, llegué al último nivel: el gran Buda. Abajo estaban los monjes de cera, tan reales que te juro que parecía que iban a parpadear. Las arrugas, la piel, los gestos… es impresionante. Son figuras de los monjes más venerados del budismo, y verlos así, tan cerca, te paraliza un poco. Te da una mezcla de respeto, calma y admiración.

La energía en lo alto, el silencio, el viento, todo tenía un sentido. Sentí que cada nivel había sido como atravesar una parte de mí misma. Y eso que había ido sin planearlo mucho… esas cosas mágicas que pasan cuando te animás a caminar aunque esté nublado.

Hago un paréntesis

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