Hoy me subí a un barquito con la inocente idea de ir a conocer Railay Beach.

Pensé: playa linda, un chapuzón, vuelvo.

JA.

Railay no es una playa, es una experiencia completa, una especie de parque natural donde pasan cosas todo el tiempo y vos solo sos espectadora privilegiada.

No había caminado ni cinco minutos cuando aparecen ellos.

Los verdaderos dueños del lugar.

Los monos.

Pero ojo, no son monos simpáticos de foto tierna.

No.

Hago un paréntesis

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Estos son monos chorros, con técnica, estrategia y cero culpa.

Una señora estaba ahí, tranquila, feliz, con su jugo de naranja recién comprado, cuando uno se le acerca despacito, cara de “yo no molesto”, y de golpe ¡PUM!

Le manotea el jugo y sale corriendo como si hubiera ganado la final del Mundial.

El mono se fue abrazando el vaso, orgulloso, feliz, realizado.

La señora quedó en shock.

Yo… llorando de risa.

Primer lección de Railay: acá no te relajás ni con un jugo en la mano.

Seguís caminando y la naturaleza es una locura.

Verde intenso, playas de arena clara, esas piedras gigantes que parecen decorado de película.

Todo es tan lindo que llega un punto en que decís: bueno, ya entendí, basta, pero no… sigue.

De repente, loros.

Pero loros de verdad, no esos verdes comunes.

Estos son turquesa, naranja, amarillo, colores tan fuertes que parecen pintados con marcador flúor.

Y uno en particular que claramente había elegido a su humano favorito.

Jugaban.

Se empujaban suave.

Se “boxeaban” como si estuvieran entrenando para una pelea imaginaria.

Era tan tierno que te quedabas mirando con sonrisa boba, pensando: qué hago pagando Netflix si esto existe.

Railay es ideal para dos tipos de personas:

– las que quieren estar tiradas sin hacer nada

– y las que, como yo, dicen “a ver qué hay más allá”

Y ahí aparecen las cuevas.

Entré a la Phra Nang Cave (Princess Cave) y al principio te da ese miedito lindo.

Ese que te dice: no sé si debería estar acá, pero ya entré.

Vas caminando por pasarelas de madera, escuchás ruidos raros, el eco, los murciélagos, y pensás: ok, si acá pasa algo, no corro ni dos metros.

Y de repente…

se abre todo.

Paredes gigantes, altísimas.

Gotas de agua cayendo.

Filtraciones.

Rocas formadas durante siglos que parecen esculturas hechas por alguien con muchísimo talento y cero apuro.

Es tan imponente que te quedás en silencio automáticamente.

Una verdadera obra de arte natural que te hace sentir chiquita, pero feliz de estar ahí.

Salís de la cueva y volvés a la playa, donde Railay vuelve a mostrar su doble personalidad:

una parte con bares, movimiento, gente tomando algo,

y si caminás un poco más, una zona más tranquila, más hippie, ideal para tirarte sola, escuchar el mar y olvidarte del mundo.

Railay no es solo una playa linda para una foto.

Es un lugar donde todo pasa:

monos que roban jugos,

loros que juegan con humanos,

cuevas que te dejan muda,

y rincones donde el tiempo baja un cambio sin avisar.

Y si querés llegar hasta acá sin complicarte, este tour se puede hacer con GetYourGuide (tocás ahí y te lleva directo a las opciones para visitar Railay).

Railay Beach es de esos lugares que no se recorren apurada.

Se caminan, se observan, se disfrutan…

y después se cuentan entre risas, porque siempre pasa algo.

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