Hoy me desperté con esa energía rara de “no sé a dónde voy pero algo voy a encontrar” y terminé en Wat Xieng Thong… y te juro que cuando llegué pensé: ¿y este templo quién se cree? Desde afuera ya me estaba mirando como diciendo “preparate, querida, porque acá no veniste a ver una casita humilde”. No, no. Wat Xieng Thong te recibe como si fuera la diva total de Luang Prabang.
Apenas lo ves, los techos te saludan primero. Son enormes, curvados, cayendo en capas como si el templo estuviera diciendo “mirame esta caída, preciosa”. Es como el cabello perfecto de alguien que nunca tuvo frizz en su vida. Y vos ahí, despeinada, mirando semejante obra arquitectura-capilar.
Después te acercás un poquito más y ves el dorado. Todo dorado. Dorado en las columnas, dorado en las paredes, dorado en los bordes. Es como si el templo hubiera dicho “bueno, ¿qué presupuesto tenemos?” y alguien contestó “sí”. Las paredes tienen detalles tan chiquitos que honestamente pensé que los artesanos tenían lupa implantada de fábrica. Cada milímetro tiene un patrón, una flor, una línea, algo. Y nada está mal hecho. Ni una rayita corrida. Yo no logro hacer un delineado recto ni con cinta adhesiva y estos señores tallaron un templo entero sin fallas.
Y entonces, de la nada, aparece la casita roja y dorada. Yo la vi y pensé “esto no puede ser real”. Es tan bonita que parece un accesorio de lujo tamaño templo. Si yo fuera esta casita, cobraría entrada solo para que la gente me mire. Tiene puertas talladas que parecen terciopelo sólido y una elegancia que haría llorar a Marie Kondo.
Pero esperá, porque lo mejor viene después: los mosaicos. Yo de lejos los vi y dije “qué lindos brillitos”. Me acerqué y me agarró un ataque de risa nerviosa tipo “perdón, ¿quién hizo ESTO?”. Miles de pedacitos microscópicos de vidrio armando escenas completas. Personas, animales, flores, rituales… todo contado como si alguien se hubiera sentado una vida entera a pegar vidriecitos con pinza. Y el Árbol de la Vida… ese mural no te lo explico. Es un screensaver del universo. Le pega el sol y parece que estuviera latiendo. Si me decías que tenía wifi, te lo creía.
Hago un paréntesis
Antes de seguir con la historia: si querés resolver el alojamiento rápido (sin abrir veinte pestañas), esta es la opción que yo miraría primero. Bien ubicada y con muy buenas valoraciones.
Y mientras seguís caminando por afuera, te das cuenta de que el templo está armado como si tuviera complejo de influencer: cada ángulo es bueno. Cada rincón es fotogénico. Cada sombra te queda divina. Es como caminar por un showroom sagrado donde todo está demasiado perfecto y no entendés si agradecer o sospechar.
Pero al final lo entendés: este templo afuera ya te cuenta toda su vida. No necesitás entrar. Es como esas personas que apenas las conocés ya te caen bien porque tienen “algo”. Bueno, Wat Xieng Thong tiene ese “algo”, pero multiplicado por mil y con detalles dorados.
