Bueno. Voy a ser completamente honesta con vos.
Todo el mundo te dice ‘tenés que ir, es mágico’. Y es verdad: es mágico. Pero nadie te aclara que también es una mezcla entre El Rey León, Misión Imposible y Locos por el robo, con pelos y todo.
Antes de que te vendan la entrada, ya te tiran el manual de supervivencia:
‘No traigas anteojos, no traigas celular, no traigas comida. No los mires a los ojos. No corras. No grites. No existas.’
Y yo, obviamente, llegué con el celular en la mano, los lentes puestos, una botellita de agua y una banana en la mochila. Básicamente, la candidata perfecta para el próximo ataque simiesco.
El lugar es hermoso, eso hay que decirlo. Una selva densa y verde con raíces que parecen serpientes gigantes, templos de piedra cubiertos de musgo y estatuas con cara de demonio que asoman entre los helechos. Hay un olor a tierra húmeda y a flores que en circunstancias normales sería completamente relajante.
Pero los monos no dejan que seas completamente normal.
Los bebés son lo más tierno del universo: se cuelgan de las colas de sus madres, se pelean entre ellos con ese drama exagerado que tienen los bebés de toda especie, te miran con esos ojos enormes de ‘adoptame por favor’. Los adolescentes son un caos total: hacen parkour sobre tu cabeza sin pedir permiso, se sacan cosas de las manos entre ellos con la velocidad de un equipo de entrenado de ladrones. Y los adultos son los verdaderos jefes: caminan con una seguridad que ya la quisiera cualquiera, se sientan en el medio del camino y te miran como diciendo ‘¿vos sabés con quién te estás metiendo?’.
Uno se me cruzó y se quedó ahí, sentado, mirándome fijo. Yo congelada, sin saber si saludarlo, ignorarlo o tirarme al piso en señal de rendición total. Al final hice lo único que me salió natural: le sonreí como una idiota.
Spoiler: no le gustó.
Me mostró los dientes —que es lo que hacen los monos cuando están incómodos, cosa que yo supe después— y yo bajé la cabeza y seguí caminando despacito como si nada hubiera pasado, mientras por dentro estaba repasando todas mis decisiones de vida.
Vi uno que le sacó el agua a un turista, la abrió con total destreza profesional y se la tomó mirando al tipo a los ojos, como diciendo: ‘Gracias, campeón, la necesitaba’. El tipo se quedó con la mano vacía y una expresión de no poder creer que le acababan de hacer eso.
Salí viva, con el celular todavía en mi poder, los lentes puestos y una historia que no me voy a olvidar jamás.
“Monkey Forest no es solo una visita: es una experiencia. Es como si la selva te dijera: ‘Ahora aprendé a soltar el control y reíte de vos misma’.”