Arranquemos: me subí a una barcasa sin saber si era un paseo o una misión espiritual

Bueno, hoy dije: “Listo, vamos a ver el atardecer en el Mekong, total, qué puede salir mal”.

Me subo a la barca y automáticamente entro en modo zen invertido:

Yo queriendo moverme y la barca diciendo “relajá, reina, acá nadie apura a nadie”.

La velocidad: entre tortuga jubilada y desfile lento

Yo te juro…

El barco iba tan lento que pensé que si metía un pie en el agua lo hacía avanzar más.

Pero después entendí: este río no se navega… se saborea.

Y yo ahí, como si estuviera masticando el paisaje.

El Mekong en modo “documental de National Geographic pero versión barrio”

A los cinco minutos ya estaba fascinada.

Pasaba otra barcasa al lado y yo saludando como si fuera la madrina del río.

Barcos con turistas, barcos con pescadores, barcos con bicicletas, barcos con gallinas…

Yo ya no sabía si estaba viendo transporte o un casting para Laos tiene talento.

Lo que ves y decís: ¿por qué nadie me contó esto antes?

  • Niños chapoteando que te saludan como si fueras Messi.
  • Pescadores levantando redes con una tranquilidad que te baja el estrés instantáneamente.
  • Casas de madera chiquitas, como si todo el mundo viviera dentro de una maqueta hermosa.
  • Monjes cruzando en barquitas diminutas… y vos ahí, sintiéndote bendecida solo de verlos pasar.

Y mientras todo eso pasa, vos estás flotando, sin ruido, sin tráfico, sin apuro. Una delicia.

El color del río: marroncito con actitud

Yo pensé que el Mekong iba a ser un río tranqui.

No, no.

Este señor río te mira y te dice: “Acá mando yo. Vos relajate y dejate llevar”.

Y yo obedecí, porque claramente el Mekong me maneja la energía mejor que mi psicóloga.

Y después… EL ATARDECER

Ay, Nadita interna llorando.

Primero se pone rosita.

Después medio naranja-dorado, como si alguien hubiese invertido en el mejor filtro del planeta.

Hago un paréntesis

Recomendación personal

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¿Y yo?

Mirando, callada, en modo: “Bueno, sí, la vida es hermosa, ok, fin”.

Se veía TAN lindo que por primera vez en mucho tiempo bajé el celular y me quedé mirando.

Y si yo, que vivo grabando TODO, bajé el celular… imaginate.

Para mí: obligatorio. De ley. De vida.

Si venís a Ban Prang o Luang Prabang, hacé este paseo.

Y hacelo al atardecer.

De día es lindo…

Pero al atardecer es poesía flotando.

Lo que yo recomiendo (porque lo hice y funcionó)

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Final Nadita-style

Me bajé de la barca con el corazón blandito, la piel perfumada a viento del Mekong, y la sensación de haber vivido un ratito en un mundo paralelo donde todo es lento, simple y hermoso.

Lo volvería a hacer hoy, mañana y pasado.

Esto es Laos, esto es magia… y esto es viajar.

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