No lo pensé mucho.

De hecho, si lo pensaba demasiado, no me metía.

Así que hice lo que hago cuando no quiero que mi cabeza arruine algo: me metí.

Primer pensamiento:

“Bueno, entro hasta las rodillas y listo.”

Mentira.

Entré un poco más.

Después otro poco.

Y ahí pasó algo clave: el agua estaba tibia.

Pero tibia en serio, no esa tibia traicionera que te promete amor y te da hipotermia.

No.

Esta era cómoda.

Agradable.

De esas que hacen que el cuerpo diga “ah, ok, podemos quedarnos”.

De noche el mar es raro.

No ves nada.

No sabés bien dónde estás parada.

Y sin embargo… no da miedo.

Al contrario.

Es como si al no ver, dejaras de controlar.

No había ruido.

No había nadie gritándote.

No había nada que hacer después.

Solo el agua moviéndose despacio y yo ahí, sin pensar, sin analizar, sin hacer listas mentales.

Y eso, para mí, es rarísimo.

Porque mi cabeza normalmente está en modo reunión permanente.

Me quedé ahí un rato.

No flotando poéticamente, no conectando con nada místico.

Simplemente estando.

Y disfrutándolo mucho.

Hago un paréntesis

Recomendación personal

Antes de seguir con la historia: si querés resolver el alojamiento rápido (sin abrir veinte pestañas), esta es la opción que yo miraría primero. Bien ubicada y con muy buenas valoraciones.

Abrís el link, ponés tus fechas y mirás tranquilo. Alternativas filtradas · Reserva online

Cuando salí del agua me sentí distinta.

Más tranquila.

Como si alguien me hubiera bajado el volumen interno sin avisar.

Después volví al centro y fue un contraste brutal.

Luces, motos, gente, ruido.

Mi cuerpo dijo automáticamente: “no, ya está, vámonos”.

Así que me volví al hostel.

Estoy en Hangout Hostel, y posta lo recomiendo.

Es tranquilo, cómodo, bien ubicado y no te invade.

Perfecto para volver después de un día así y seguir en modo paz.

Hoy no hice nada increíble.

Pero me metí al mar de noche.

Y con eso, fui muy feliz.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *