Lo que me dejó todo esto: lecciones que no vienen en ninguna guía

Al final de todos los viajes, cuando volvés a casa y desembolsás la mochila y tirás la ropa sucia en el cesto y te metés en tu propia cama que conoce tu cuerpo mejor que ninguna cama de albergue, hay un momento raro. Un momento donde el contraste entre lo que fuiste y lo que sos ahora se siente muy concreto. Las calles de tu ciudad te parecen distintas. Los problemas cotidianos se achican. Algunas cosas que antes te importaban mucho ya no tanto.

Y vas entendiendo, de a poco, lo que te llevaste.

Aprendí que la incomodidad es la maestra más honesta

Ninguna de las cosas que cuento acá fue completamente cómoda. Las noches en albergues donde alguien ronca como si estuviera talando árboles. El calor de Vietnam que no para ni a las tres de la mañana. El olor de ciertas calles de India que te impacta antes de que puedas prepararte. Los treinta y ocho kilómetros del día dos del Camino cuando estabas preparada para veinte.

Y sin embargo, todo eso está en los mejores recuerdos. No a pesar de la incomodidad: gracias a ella. Porque cuando algo es difícil y lo hacés de todas formas, el resultado tiene un peso diferente. Una textura distinta. Una historia que contar.

La comodidad no tiene historia. La incomodidad, sí.

Aprendí que la gente es básicamente buena

Si lees los noticieros —y yo entiendo por qué no leerlos— uno podría pensar que el mundo es mayormente hostil. Que los extraños son peligrosos, que los países diferentes son incomprensibles, que la distancia entre culturas es infranqueable.

Después viajás.

Y encontrás al señor de Jaipur que te hace señas para entrar a bailar en la boda de su hijo sin conocerte. A la mujer del barquito en Ninh Binh que espera con paciencia infinita a que vos termines de girar en círculos con los remos antes de recuperar el timón sin decir una sola palabra de reproche. Al monje de Luang Prabang que te invita a tomar té y te explica la historia de cada escultura. A la señora francesa del Camino que camina a tu lado y te dice que escribas.

La bondad humana tiene una universalidad que los noticieros se olvidan de mostrar. Y no es ingenuidad decir eso: es lo que uno ve cuando está ahí, presente, con los ojos abiertos y la guardia suficientemente baja para recibirla.

Aprendí que los planes son sugerencias del universo

El pasaporte perdido en India. Los treinta y ocho kilómetros que se convirtieron en treinta y ocho. La caída en Bali que terminó en puntos. El sendero costero que casi me deja estampada. El bus a Luang Prabang que llegó tres horas tarde.

En ninguno de esos momentos pasó lo que yo esperaba. En todos ellos pasó algo mejor.

No siempre más cómodo. No siempre más fácil. Pero siempre más interesante, más lleno, más real que cualquier cosa que yo hubiera podido planificar desde mi escritorio seis meses antes.

El plan te da un punto de partida. El viaje te lleva a donde necesitás ir.

Aprendí a estar sola sin sentirme sola

Esta es, quizás, la lección más valiosa de todas. Y también la más difícil de explicar a alguien que no la vivió.

Viajar sola tiene una reputación ambigua: hay gente que lo ve como un acto de valentía, hay gente que lo ve como una rareza, hay gente que directamente no lo entiende. ‘¿Pero no te sentís sola?’ es la pregunta que más me hicieron.

La respuesta corta es no. La respuesta larga es: aprendí que la soledad elegida y la soledad impuesta son dos cosas completamente diferentes. La primera es una forma de libertad. Podés ir a donde querés, quedarte el tiempo que querés, hablar con quien querés, no hablar con nadie si ese día no tenés ganas. No tenés que negociar el despertador ni el destino ni el ritmo. Sos vos, el mundo, y el espacio entre los dos.

Aprendí a comer sola en un restaurante sin sentir que me falta algo. A ver una puesta de sol sin necesitar compartirla en el momento. A estar en silencio con mis propios pensamientos sin que eso me asuste. A ser suficiente compañía para mí misma, que suena simple pero que para muchos —yo incluida al principio— no lo es.

Lo que hubiera querido saber antes de empezar

Si pudiera volver al primer día que me fui de viaje sola, no me diría cómo armar la mochila ni qué llevar en el bolso de mano. Eso lo aprendés solita y rápido, porque la mochila pesada es el mejor maestro del minimalismo que existe.

Lo que me diría es esto:

Que el primer día que te sentís completamente perdida, eso es exactamente lo que tenés que sentir. Es la señal de que estás fuera de tu zona de confort, que es exactamente donde pasan las cosas interesantes.

Que vas a extrañar tu casa más de lo que esperabas. Y también vas a amar la libertad más de lo que imaginabas. Las dos cosas al mismo tiempo. Y está bien.

Que la gente que conocés en los hostels, en los trenes, en los caminos, puede convertirse en familia en cuestión de horas. No la familia de toda la vida: la familia de ese momento específico, que a veces dura un día y a veces dura años.

Que todos los momentos difíciles —los vuelos perdidos, los pasaportes que desaparecen, los senderos que casi terminan en acantilado, las olas que te tiran— van a ser los que mejor contás cuando volvés. Y los que más te hacen reír.

Y que el mundo, con todo lo que tiene, es más generoso y más hermoso y más lleno de personas buenas de lo que cualquier pantalla te puede mostrar.

“Viajar sola te enseña cosas que no vienen en ninguna guía. No son tips, no son consejos prácticos. Son cambios internos, pequeños y gigantes al mismo tiempo, que te van moldeando sin que te des cuenta.”

Gracias por leer. Si después de leer esto te dan ganas de agarrar la mochila y salir, misión cumplida.

Y si ya estás por el mundo: espero encontrarte en algún albergue, algún mercado, algún camino sin nombre donde las mejores historias empiezan con ‘no sé bien cómo llegué acá, pero…’

Con todo el cariño,

Nadia