Lo más loco de viajar mucho no es lo que ves.

Es lo que dejás de necesitar.

Ahí aparece tu verdadera alma viajera, aunque no te avisen.

La primera señal no está en la mochila, ni en el pasaporte, ni en los templos dorados.

Está en esa tranquilidad nueva que aparece cuando todo sale distinto a lo que imaginaste.

Antes te enojabas, ahora te reís.

Antes querías controlar, ahora soltás porque sabés que lo inesperado también te lleva a lugares increíbles.

Otra señal: empezás a entender que el viaje no es afuera, es adentro.

Mientras caminás por mercados, ríos, ciudades, aldeas… lo que realmente estás explorando es tu propia cabeza.

El mundo te espeja.

Lo que te conmueve, te asusta, te aburre, te enamora… todo eso dice más de vos que del destino.

Y de repente viajás distinta, porque entendés que cada lugar te revela una parte tuya que todavía no conocías.

Después viene el momento en que dejás de coleccionar fotos y empezás a coleccionar sensaciones.

Te queda grabado un olor, una risa, una conversación mínima con alguien que no vas a volver a ver.

Te das cuenta de que no viajás para tachar destinos, sino para sentirte viva de una forma que en tu vida normal se te olvida.

Otra señal poderosa: ya no buscás pertenecer a ningún lado.

Te gusta estar donde estés.

Antes querías “encontrar tu lugar en el mundo”; ahora te das cuenta de que tu lugar es este instante, este bus que vibra, este atardecer, esta calle cualquiera donde estás sintiendo algo que no sentías ayer.

Y la más reveladora:

empezás a mirar a la gente de una forma más blanda.

El mundo te enseña paciencia, humor, humildad.

Ves a alguien cargar bolsas pesadísimas, a un monje cantando en un templo perdido, a una señora ofreciéndote comida sin saber tu idioma… y algo adentro tuyo se ordena.

Recordás que somos humanos antes que turistas, mochileros o aventureros.

Ser viajero de alma no es caminar mucho ni tener mil visas selladas.

Es permitir que cada kilómetro te cambie un poquito la forma de ver.

Es dejar que los lugares te atraviesen sin defenderte.

Es viajar para encontrarte, perderte y volverte a encontrar de otra manera.

Viajar no te convierte en alguien distinto.

Te devuelve a quien siempre fuiste, pero ahora lo ves con claridad.

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