Viajar es hermoso, transformador, mágico… sí, todo eso. Pero también es un deporte extremo donde una mezcla rara de entusiasmo, torpeza y supervivencia nos acompaña cada día. Y nadie te lo dice hasta que estás ahí, con una mochila que pesa como si hubieras empacado piedras volcánicas “por si acaso” y un calor que te derrite las cejas.

Y aun así, te sentís viva.
Porque viajar es eso: descubrir el mundo mientras descubrís tus propias ridiculeces. Por ejemplo:
Descubrís que podés caminar 12 kilómetros para ver un templo, una cascada o un árbol que “dicen que es famoso”, pero no tenés fuerza para caminar 2 cuadras hasta la farmacia del hostel. Descubrís que aprendés palabras nuevas en idiomas que no vas a volver a usar nunca, pero las repetís igual para sentirte parte, aunque la pronunciación te salga tan mal que el señor del mercado termine vendiéndote algo que no sabés qué es.

Y lo peor: ¡te gusta!
También descubrís que hay dos tipos de viajeros: los que arman itinerarios con precisión militar y los que improvisan todo. Pero al final terminan todos en el mismo lugar: una estación de buses donde nadie sabe nada, ni ellos ni vos, pero todos sonríen porque, por algún motivo, la aventura se siente mejor cuando no entendés del todo qué está pasando.
Y después está la gastronomía. Uno cree que va a probar platos exóticos como un crítico Michelin… pero la verdad es que te pasás medio viaje adivinando qué comida te tocó. “¿Es tofu? ¿Es pollo? ¿Es un primo del bambú?” Y lo comés igual porque está rico y porque, al fin y al cabo, viajar también es confiar un poco en la vida (y en el estómago).
Viajar te enseña que la felicidad está en lo inesperado: en la calle que no ibas a doblar, en la persona que se sienta al lado tuyo en un barco, en el hostel que decís “solo por una noche” y te quedás una semana porque el wifi funciona y el recepcionista te sonríe.

Y ahí entendés todo: no viajás para llegar a lugares. Viajás para encontrarte en el medio de todo lo que no planificaste.
Si te reíste, te vi reflejada o dijiste “esta soy yo”, bien: significa que estás viva, moviéndote, aprendiendo, y siendo parte de esa cofradía hermosa de gente que sale al mundo y vuelve distinta.
Viajar no te ordena la vida. Te la revuelve. Y en ese revoltijo, descubrís quién sos.

