Hay cosas que una cree que sabe hasta que se va lejos.

Y cuando digo lejos no hablo solo de kilómetros: hablo de estar en un lugar donde todo —los olores, los sonidos, el idioma, los horarios— te recuerda que ya no estás en tu zona cómoda.

Y ahí empiezan a aparecer aprendizajes raros, inesperados, que nadie te avisa.

Acá van los míos.

1. Descubrí que las cosas simples eran un lujo silencioso

El mate preparado por otro.

El pan calentito de la panadería de la esquina.

El olor de tu casa cuando abrís la puerta.

La cama en la que dormiste mil veces sin pensar en lo cómoda que era.

Todo eso, que siempre estuvo ahí sin hacer escándalo, se vuelve una especie de tesoro cuando estás lejos.

Un tesoro que antes no valorabas porque lo dabas por hecho.

2. La familia pesa distinto cuando la tenés lejos

Una videollamada que antes era “bueno, después hablo”, ahora es una celebración.

Un audio de tu papá contándote cualquier pavada te puede salvar el día.

Una foto que te mandan desde casa te acomoda el alma sin pedir permiso.

La distancia te deja ver con lupa lo que antes mirabas de reojo.

3. La rutina, esa cosa que muchos odian, también es un refugio

Lo descubrí recién viajando:

esa repetición de lo cotidiano —tu café, tu horario, tu caminito de siempre— te da una estructura que sostiene.

Cuando estás viajando, la novedad es hermosa, pero también agotadora.

Y ahí empezás a extrañar la bendita rutina que antes te quejabas de tener.

4. Cuando no tenés a quién recurrir… aprendés

Si se rompe algo, lo solucionás vos.

Si te perdés, encontrás el camino.

Si te sentís sola, te acompañás.

No porque seas heroica, sino porque no queda otra.

Y esa fuerza que aparece, que no sabías que tenías, te cambia para siempre.

5. La distancia te revela quiénes están realmente con vos

No hace falta que te escriban todos los días.

Basta con sentir que están.

Que te acompañan en silencio.

Que se alegran de verdad por lo que vivís.

Y también te muestra quiénes no estaban tanto como creías.

La distancia ordena el corazón.

6. Volver ya no es volver igual

La persona que sale no es la misma que regresa.

Una parte vuelve más tranquila.

Otra, más valiente.

Otra, más consciente de lo que quiere y de lo que ya no está dispuesta a aceptar.

Vivir lejos te sacude, te acomoda, te reordena y te abre ventanas que no sabías que tenías.

Conclusión

Vivir lejos no te enseña sobre el mundo.

Te enseña sobre vos.

Sobre lo que te sostiene, lo que extrañás, lo que te importa, lo que ya soltaste.

Y cuando volvés, te das cuenta de que ahora mirás tu casa —y tu vida— con ojos nuevos.

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