Laos es ese país donde sentís que el tiempo se estira, como si alguien hubiera bajado la velocidad del mundo sin avisarte. Caminás por Luang Prabang y te das cuenta de que no es que la gente vaya despacio: tienen una paz tan profunda que parece que flotaran. Vos, que venís con el ritmo mental del viaje, terminás caminando más lento sin darte cuenta, como si el país entero te dijera: “Respirá un poco más, Nadita, acá no hace falta correr”.
Y ahí aparece el Mekong, enorme, marrón, vivo, como un animal antiguo que se mueve a su propio pulso. En Laos no es un río: es el protagonista. Todo sucede a su alrededor. Desde la mañana, con barquitos largos que lo cruzan como líneas dibujadas en el agua, hasta la tarde cuando el sol cae y todo el mundo se sienta a mirarlo en silencio. Viajeros, monjes, familias, perros vagos que se tiran como si fueran parte del paisaje. El Mekong te mira de vuelta como diciéndote: “Ya estás acá. Bajá un cambio”.
Y después entendés otro misterio: ¿cómo puede ser que un país sin mar tenga miles de islas? Llegás al sur y te llenan de islitas como si fueran confites flotando. Algunas tienen aldeas, otras solo un árbol torcido, otras aparecen y desaparecen según la altura del río. Laos no tiene playa, pero tiene imaginación: te inventa un archipiélago en pleno río para que no te falte nada.
Hago un paréntesis
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Entrás a un templo y ahí empiezan a pasar cosas. Techos bajitos que casi rozan tu cabeza, murales que parecen pintados uno por uno durante horas eternas, columnas que brillan sin gritar, puertas que se abren a salones silenciosos donde todo resuena más suave. Te quedás mirando los detalles como si fueran acertijos. Y siempre, en algún rincón, aparece un naga: serpiente, dragón, guardián del agua, esculturas que te observan con cara de “acá no entra la mala vibra”. Al principio te impresionan, después les saludás como si ya fueran tus conocidos.
El café es otra historia. No es una bebida: es un golpe de realidad. Lo probás y te despierta los párpados, las ideas, los recuerdos y hasta la memoria de cosas que no viviste. El aroma te llega antes que la taza y cuando lo tomás sentís que podrías subir todas las escaleras del Sudeste sin repetir “ay” ni una vez.
La comida, ni hablar. Los mercados nocturnos son una mezcla de humo, hierbas frescas, ajo, jengibre, arroz pegajoso, sopas que burbujean, parrillitas improvisadas, frutas enormes que parecen decorado de escena tropical. El sticky rice se te pega a los dedos, al alma, a todo. Ellos lo manejan perfecto; vos quedás con los dedos blancos, pero no te importa: es delicioso.
Y en medio de todo esto existe una palabra que explica por qué Laos es así: borpenyang. Significa “no pasa nada”. Y lo sienten de verdad. Si te atrasás, no pasa nada. Si llueve, no pasa nada. Si el trámite tarda, no pasa nada. Es un país que vive con una calma tan grande que te da vergüenza estresarte. Vos llegás con tu energía de viajera eléctrica y Laos te acomoda el espíritu sin necesidad de hablarte.
Lo más impresionante es que, detrás de toda esta paz, hay una historia durísima. Laos fue uno de los países más bombardeados del mundo. Y aun así, lo que vos ves hoy es suavidad, respeto, silencio que abraza, sonrisas tímidas, monjes que caminan descalzos al amanecer, mujeres preparando ofrendas con flores, chicos jugando en la calle como si el pasado nunca hubiera dolido. Esa combinación te deja pensando. Es un país que no te grita nada, pero te enseña todo.
Laos no tiene grandes monumentos turísticos queriendo llamar la atención. Tiene otra cosa: una forma de vida tan tranquila, tan diferente, tan humana, que sin darte cuenta empezás a cambiar vos también. Y cuando te querés acordar, estás caminando más lento, mirando el río más rato, comiendo arroz pegajoso con las manos, saludando dragones en las escaleras y pensando: “Qué raro y qué hermoso es este lugar… y por qué no vine antes”.
