De Varanasi tomamos tren a Jaipur. Si alguna vez querés entender de verdad cómo funciona India, tomá un tren de larga distancia. Es un mundo autónomo dentro del mundo: hay vendedores que suben y bajan en cada estación gritando ‘chai chai chai’, familias enteras con equipaje que parece de mudanza, señoras que comen con una elegancia impresionante a pesar del movimiento, niños que te miran con esos ojos enormes y te sonríen tímidamente si les devolvés la sonrisa. El viaje dura horas, el paisaje cambia despacio, y de alguna manera te da tiempo para pensar con más calma.
Jaipur es la ciudad rosa. Literalmente: el casco histórico tiene las fachadas pintadas en un tono entre terracota y salmon que le da una luz cálida a toda hora del día. Lo hicieron en el siglo XIX para recibir al príncipe de Gales, que venía de visita, y el color se quedó para siempre. Caminar por sus calles es como entrar en una postal que huele a especias y ruido.
El Fuerte Amber está en las afueras de la ciudad, sobre una colina, y se llega subiendo por una rampa empinada que en otras épocas se hacía en elefante. Hoy la subida es caminando o en jeep, y yo fui caminando porque soy así. La vista del lago Maota abajo y de las murallas serpenteando por las colinas hacia el horizonte me dejó sin palabras un rato antes de entrar siquiera.
Adentro hay palacios, patios, jardines, y el Sheesh Mahal: la Sala de los Espejos. El techo y las paredes están completamente cubiertos de diminutas incrustaciones de espejo, y cuando entrás y guía enciende una vela, todo el cuarto explota en puntos de luz como si fuera el cielo nocturno pero al revés. Una vela. Un cuarto entero de estrellas. Alguien hizo eso con sus manos hace cuatrocientos años.
Ese día, de vuelta en la ciudad, terminé siendo parte de algo que no había planeado para nada. Caminando por una calle de Jaipur, rodeada de tuk tuks y vacas y el caos habitual, escuché música. No de altavoz: música de verdad, tambores y flautas y un ritmo que te metía en el cuerpo sin pedir permiso. Me acerqué y había una boda. Una boda entera en plena calle, con el novio en un caballo blanco con guirnaldas, la familia bailando alrededor, las mujeres con los saris más espectaculares que vi en todo el viaje, y los hombres cantando y palmeando. Alguien me vio parada mirando y me hizo señas para que me acercara. Me agarró de la mano y me metió a bailar en la mitad del cortejo.
Eso también es India. Te da templos y te da bodas callejeras y te da un chancho en el peor momento. Todo junto, todo real, todo tuyo si sabés recibirlo.