Hang Múa: 500 escalones y el dragón que te gana el alma

Dicen que son quinientos escalones. Yo te juro que sentí que subí quinientos mil. El calor en Ninh Binh es húmedo, de ese que te pega la ropa al cuerpo desde el primer escalón y no te la despega más. Las escaleras son de piedra y algunas están inclinadas a un ángulo que ya bordea lo filosófico. Y vos ahí, subiendo, agarrándote del pasamanos de hierro que a veces está y a veces no, con las piernas quemando y la nariz chorreando y el corazón diciendo que lo pensemos mejor.

Pero en la cima hay un dragón de piedra.

No un dragón chico, de adorno. Un dragón de verdad, largo, sinuoso, con la cabeza levantada mirando el horizonte con esa expresión que tienen los dragones cuando saben que ganaron. Rodeado por arrozales que se extienden hasta donde alcanza la vista, con las formaciones de roca emergiendo del verde como puntuaciones de un poema que escribió la tierra.

Me senté al lado del dragón y me quedé un rato largo mirando. El viento que llega a la cima es fresco y limpio, completamente diferente al calor de abajo. Las nubes proyectan sombras que se mueven lentas sobre los arrozales. Algún pájaro llama desde algún árbol invisible. Y vos ahí, con las piernas temblando todavía de la subida, sintiéndote muy pequeña y muy viva al mismo tiempo.

“Hay lugares que uno ve en fotos y dice: seguro hay mucho filtro acá. Pero llegás, y te das cuenta de que el único filtro que hay es el del cielo limpio. La realidad superó a la imagen. Siempre.”