La primera gran sorpresa de Delhi fue este templo sij resplandeciente. Decidimos ir de ‘gala versión mochilera’: una túnica medio arrugada, un pantalón con manchas de quién sabe qué viaje anterior, y así entramos a uno de los templos más sagrados de la ciudad. Antes de entrar te dejás los zapatos en el guardarropa, te cubrís la cabeza con un pañuelo que te dan en la entrada, y te lavás los pies en un piletón bajo del piso. Todo muy limpio, todo muy silencioso, todo muy diferente al caos de afuera.
El templo tiene un lago artificial —el sarovar— rodeado de mármol blanco que refleja el dorado del edificio principal. La cúpula brilla con una intensidad que te hace cerrar los ojos y después abrirlos de a poco para acostumbrarte. Los fieles caminan alrededor del lago rezando en silencio, algunos se arrodillan, otros simplemente se quedan parados mirando el reflejo del sol en el agua como si ahí adentro hubiera una respuesta a algo.
Pero lo que más me impactó fue el langar: la cocina comunitaria donde alimentan a cualquiera que llega, gratis, sin preguntar quién sos ni de dónde venís. Sijes, turistas, mendigos, viajeros… todos comen juntos, en el piso, en filas, con platos de metal. Y la comida es simple pero generosa: dal, arroz, chapati recién hecho. Salí de ahí con el estómago lleno y el corazón más lleno todavía. Hay algo en ese acto de dar sin esperar nada que te sacude los valores de un solo golpe.