Listo, lo vamos a hacer bien “Nadita cordobesa” de punta a punta: medio relato, medio stand-up peregrino, para que la gente sienta que lo está escuchando de tu propia boca y no leyendo.
Markina-Xemein → Gernika (y después hasta Muxika, porque quién me manda…)
Hoy me levanté en Markina con la idea fija de llegar a Gernika. Hermoso todo… hasta que me entero que en Gernika no había ni una cama libre. Y ahí empieza el dilema: ¿paro igual y me tiro a dormir en la plaza, o sigo? Como buena cabezadura, dije “bue… sigo un poquito más”. El problema es que ese “poquito” fueron cuatro kilómetros extra. Y así, sin darme cuenta, me clavé 38 km como si nada.
Obvio que en el km 34 me tenté con la idea de tomarme un bondi hasta el albergue. Lo pensé, eh… pero me imaginé la escena: yo, en el blog, contando que por cuatro kilómetros me subí a un bus. No, me escrachan. Así que seguí a pata, como corresponde, y llegué con la dignidad intacta y las piernas pidiendo vacaciones.
El camino que te cobra peaje en piernas
Esta etapa es de esas que no te perdonan ni el desayuno. Subidas largas, bajadas empinadas, repechos eternos… y vos ahí, pensando que ya está, que la próxima curva es el descanso, y ¡pum! otro repecho. Pero ojo: es hermosa.
Vas por bosques espesos donde huele a tierra mojada, cruzás prados con ovejas que te miran como diciendo “pero mirá esta… a dónde irá tan cargada”, y caseríos vascos que parecen de revista: paredes blancas, maderas oscuras, balcones llenos de flores. En algunos tramos me sentía en una peli medieval, esperando que me cruce un monje con capa o, mínimo, un elfo.
Gente linda en el camino
Me crucé con una valenciana que me contó su vida entera. Entre mate y repecho, me tiró que se está camperizando una furgo. Uno de mis sueños. Así que ahí nomás me puse en modo periodista cordobesa: “¿y cómo hacés para…? ¿y eso dónde se compra? ¿y te sale caro?”. Ella hablaba, yo anotaba mentalmente.

El clima que me salvó la vida
Ayer, 38 grados y sol pegando en la cabeza como si fuera lámpara de calor para pollitos. Hoy: cielo gris, fresquito, un lujo. En serio, creo que si me tocaba otro día como ayer, me quedaba viviendo en un prado.
Llegada a Gernika: piel de gallina
Gernika no es cualquier pueblo. El 26 de abril de 1937 lo bombardearon los alemanes e italianos aliados de Franco. No fue contra soldados: fue contra la gente común. Un horror.


Acá está el famoso Árbol de Gernika, símbolo de las libertades vascas, y la Casa de Juntas. Y la réplica del “Guernica” de Picasso, que es ese cuadro en blanco y negro lleno de figuras deformadas, gritos y caos. No tiene color porque no había alegría que pintar. Lo ves acá, después de caminar por estas calles, y pega distinto.


El extra que me consagró
Como no había cama en Gernika, seguí hasta Muxika. Y ahí sí, el oasis: un albergue donde me recibieron como campeona olímpica por haberme clavado esos 38 km.

“Y encima, como si no hubiera caminado suficiente, me senté a la mesa y me despaché con la exquisita cena del albergue. No sabés… era de esas comidas que te hacen olvidar que tenés pies. Yo ahí, con cara de ‘tráiganme lo que quieran que me lo como’, y cada bocado era como un abrazo al alma después de los 38 km. Casi me pongo a aplaudir al plato
