Bueno, hoy el parte médico viene con diagnóstico confirmado: piernas quejándose, rodillas pidiendo terapia y un corazón agradecido… porque, sí, sobreviví.
La noche anterior fue bastante tranqui: conocí a unos barroquís, unos madrileños y alguno más que hablaba tan bajito que capaz era un fantasma peregrino. No salimos a comer, pero conversamos un rato. Y yo, toda seria y responsable, me fui a dormir pensando: “Mañana me levanto tempranito, porque con 37 grados de máxima en agosto… esto es una parrilla con paisaje”.



Ahora, claro… “temprano” para mí es 7 de la mañana. Pero en el albergue eso es como levantarte a la hora de la siesta. A las 6 ya había una orquesta sinfónica de cierres, bastones y mochilas sonando en estéreo. Así que me rendí: 6:45 y yo ya en la calle, con cara de “acabo de despertar pero voy a fingir que estoy entusiasmada”.

Advertencia de amiga: en esta etapa, si contás con desayunar por el camino… bueno, mucha suerte. No hay bares abiertos hasta las 8 y vos a esa hora ya estás pidiendo socorro. Así que agua y algo para comer en la mochila, porque si no, la única charla que vas a tener va a ser con una vaca. Y ojo: te va a mirar con cara de “yo tampoco desayuné, hermana”.

Y ahí empieza el calvario… digo, la aventura. Subidas. Pero no unas subidas simpáticas. No. Subidas de cemento, esas que cuando las ves pensás: “Mejor me vuelvo”. Inclinación de cohete en lanzamiento. Mientras subís, te vas preguntando en qué momento exacto de tu vida tomaste malas decisiones. Y justo ahí, el amanecer te pega un cachetazo de belleza: un sol naranja espectacular, la brisa fresca dándote un abrazo. En ese instante pensás “qué lindo estar viva”… y después mirás para arriba y ves que la cuesta sigue.
Cuando por fin coronás la cima y creés que ya está, llega la sorpresa: la bajada. Pero no una bajada normal… esto es básicamente una pista de esquí sin nieve, toda de tierra suelta. Bajás clavando talones y rezando para que tus rodillas no empiecen a cantar flamenco. Existe una ruta más corta, sí… pero es como tirarte por un tobogán en vertical. Menos kilómetros, más riesgo de irte de cara.
¿Qué voy a decir? La etapa de Guernica → Deva fue una de las más duras: subida, bajada, piernas que protestan y cabeza negociando cada paso. Pero llegás… y Deva aparece como un pueblito chiquito, simple y muy pintoresco, de esos que te hacen aflojar los hombros apenas entrás.
El albergue municipal es bastante grande y aloja a muchísimos peregrinos, así que cuando llegamos había una cola interesante. Pero, como casi siempre en el Camino, la espera se hizo amena: todos peregrinos, charlas cruzadas, risas y esa sensación de estar cansados pero contentos. La verdad, la pasamos muy bien.
Y como broche de oro, terminamos haciendo una especie de catación de mate. Con una amiga mía de Mendoza les mostramos a los españoles cómo se toma, los hicimos probar… y las reacciones fueron impagables. Caras raras, risas, preguntas, alguno que se animó a repetir. Fue uno de esos momentos simples, espontáneos y épicos que te regala el Camino sin avisar.
Esta zona tiene mucho de eso: algunos hacen el Camino por tramos, otros del tirón. Pero no importa. El Camino tiene esa magia de cruzarte con personajes que te alegran el día, aunque solo los veas una vez en la vida.
