Bueno. El parte médico del día viene con diagnóstico confirmado: piernas quejándose, rodillas pidiendo terapia, espalda haciendo preguntas filosóficas sobre el peso de la mochila, y un corazón agradecido porque sí, sobreviví.
La etapa de Deva a Marquina tiene una subida que no aparece con nombre propio en ningún mapa pero que en mi cabeza ya tiene varios nombres, ninguno publicable. Empezás caminando por el río, tranquila, y de repente el camino decide que ya estuvo bien eso de la horizontalidad y empieza a subir. Y sigue subiendo. Y cuando pensás que ya terminó, sigue subiendo un poco más, solo para que sepas quién manda.
Pero arriba —siempre hay algo arriba, eso es lo que el Camino te enseña— hay un bosque de hayas que en otoño se vuelve de todos los amarillos y rojos posibles. Caminás por un sendero tapizado de hojas secas que crujen bajo las botas y la luz entra entre las ramas en ángulos que hacen que todo parezca sacado de una película que nadie filmó todavía. Esos son los momentos que te hacen seguir.