Hoy empezó con esa confianza que solo tiene alguien que no sabe lo que le espera. En el mapa decía 17 kilómetros. Dos caminos: interior o costa. Y yo, que siempre elijo lo que “suena más lindo”, me fui por la costa. Claro, porque el mar, la brisa… y, aparentemente, también la montaña.
En vez de 17, fueron 25 kilómetros. No es que me importe caminar, pero el detalle es que había subidas que parecían diseñadas para que uno se replantee todas las decisiones de su vida. Tramos sin sombra, sol pegando de frente, y yo caminando como si fuera un pollo asándose a fuego lento.
La genialidad del día fue llenar la botella a la mitad para no cargar peso. Genio total. Resultado: me quedé sin agua y empecé a mirar hasta los charcos con cariño. En un momento pensé que si llovía, abría la boca como las vacas.



Cuando ya me veía gateando hasta Deva, apareció el milagro: una iglesia, con una canilla al costado. Yo no sé quién puso esa canilla ahí, pero debería tener una estatua en la plaza. Me aferré como si fuera un salvavidas y me tomé tres litros de una. Creo que el cura me miró por la ventana y se persignó.
Llegando a Deva


Y de pronto, el sufrimiento se terminó y apareció Deva, como si alguien hubiera armado un decorado perfecto: calles tranquilas, casas con balcones llenos de flores y esa paz que te hace pensar que acá nadie se apura nunca.

Es un pueblo chico, pero con historia de paso de peregrinos desde hace siglos. De esos lugares que, aunque no tengan grandes monumentos, te envuelven con su calma y te hacen olvidar que hace media hora estabas por llorar en una subida.
En el albergue
Entré al Albergue Municipal de Peregrinos y dejé la mochila como si acabara de entregar una bolsa de cemento. Ahí empecé a cruzarme con personas de todas partes del mundo: algunos con historias increíbles, otros con un humor contagioso, y varios con un repertorio infinito de anécdotas del Camino.
Y ahí entendí, una vez más, que eso es lo más lindo del Camino: la gente. Nunca sabés quién va a aparecer. Vidas distintas, culturas mezcladas, edades, idiomas y realidades que no tienen nada que ver entre sí, pero que por unos días caminan en la misma dirección. Una mezcolanza hermosa que, sin buscarlo, termina convirtiéndose en compañía, en apoyo y en una especie de familia improvisada. Porque en el Camino, personas que ayer no conocías terminan siendo hermanos de ruta, y nutrirse de todo eso es una satisfacción enorme que te llevás para siempre.
Dónde dormir en Deva
- Albergue Municipal de Peregrinos – básico, económico y con gente que te va a alegrar la tarde.
