(o cómo me despertaron con música como si fuera la reina de Inglaterra)

Hoy me desperté muy temprano en el albergue de Irún, pero no con un despertador cualquiera. A las seis y media de la mañana, ¡zas!, se prenden todas las luces y arranca una música clásica como si alguien hubiera contratado a la orquesta sinfónica para tocar al pie de mi cama. Entre que trataba de abrir un ojo y acordarme en qué país estaba, ya estaba buscando la mochila. No era un “buenos días” tímido… era un “arriba todos, que acá no hay pereza”.

Bajo las escaleras y me encuentro con una mesa que parecía la foto de un desayuno de revista: tostadas, café con leche, magdalenas, manteca, mermelada… todo impecable. Y lo más lindo, es que era a voluntad. Vos dejás lo que podés, pero con lo que te sirven ahí, me parece que lo mínimo es entre diez y quince euros, porque el lugar se mantiene solo con las donaciones de los peregrinos y el trabajo de voluntarios. Nada de corporaciones ni cadenas de hoteles, esto es puro corazón y manos dispuestas.

Salí del albergue y arranqué el camino hacia San Sebastián.

La etapa es un espectáculo visual: primero cruzás Irún y ya empezás a meterte en senderos rodeados de verde. Vas subiendo y bajando colinas con el Cantábrico ahí al costado, azul intenso, y de vez en cuando algún acantilado que te recuerda que el norte de España no se anda con vueltas. El aire huele a sal y pasto recién cortado, y las casas de los pueblos parecen todas de catálogo, con balcones llenos de flores.

Pasás por Hondarribia, un pueblo que parece pintado a mano, con calles adoquinadas y casas de madera de colores. Después llega el primer tramo de subida fuerte hasta Guadalupe, donde de repente te das vuelta y ves toda la bahía… y ahí entendés por qué el Camino te hace olvidarte de todo lo demás.

Unos kilómetros antes de llegar a San Sebastián me topé con una joyita: Los Siete Apóstoles. No es un albergue oficial, pero reciben peregrinos igual, también a voluntad. El lugar tiene un parque enorme, con césped suave, árboles gigantes y un silencio que te envuelve. Podés tirarte ahí a estirar las piernas y olvidarte de que todavía falta camino. Y a la noche, a las ocho, organizan una cena compartida que parece de familia grande: todos en la mesa, hablando, riendo, y vos sintiéndote como en casa aunque estés a kilómetros de la tuya.

Consigue aquí info de lugares donde alojarte en San Sebastián con descuentos !

La llegada a San Sebastián es como un regalo final: bajás desde el monte Ulía y de repente aparece la ciudad, con su playa de la Concha extendida como una postal. La arena dorada, el agua brillante y vos ahí, con la mochila, sintiendo que te lo ganaste paso a paso.

Esta etapa es todo lo que el Camino promete:

  • Paisajes que te hacen parar a cada rato para mirar
  • Subidas que te dejan sin aire, pero que después te lo devuelven con vistas z
  • Y la sensación de que cada paso vale la pena

Consejo de Nadita para esta etapa

Llevá agua y algo para picar, porque las subidas te van a pedir combustible. Y guardá batería en el celular, porque cada diez pasos vas a querer sacar una foto.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *