Bueno… bueno… ¡Arrancó el Camino, gente hermosa!

Pero como todo lo mío, no podía empezar así nomás, todo perfecto y organizado. No. Esto empezó bien a lo NADITA, como debe ser: con un poquito de caos, un toque de insomnio y una pizca de “¿dónde me metí?”

Me tomé el ómnibus Alsa desde Madrid hasta Irún, que está re bien de precio y te deja a unas cinco cuadras del albergue de peregrinos, ese lugar mágico donde las mochilas descansan y los pies suspiran. Todo bárbaro… salvo que cometí el primer error oficial del Camino:

Nunca te subas a un viaje largo en pantalón corto.

Resulta que en Madrid hacían 40 grados, yo transpiraba pensamientos, y dije “ay, qué viva, me voy fresquita”. Bueno…

Spoiler alert: adentro del ómnibus era Narnia. O el Polo Norte. O el freezer de un helado de limón.

Me congelé el alma. No dormí ni un suspiro.

Mis piernas parecían dos garrotes de pollo saliendo del short. No sentía ni los pensamientos.

Pero bueno, llegué a Irún toda desvelada, con cara de “recién salí de un túnel del tiempo” y la mochila haciendo fuerza para que me rinda. Eran como las 7:58 y cerraban el albergue a las 8 de la mañana después volvían a abrir a las 16 hs hasta las 22 hs .

Ya me veía durmiendo abrazada a un cartel de peregrino.

Pero no. Me salvó un ángel barbudo (o no sé, ya veía borroso de falta de sueño). El señor me miró, me vio la cara de poema y me dijo con acento de milagro:

—“Dejá la mochila ahí, y salí a caminar un poco si querés”.

Gracias, señor albergue, usted es patrimonio de la humanidad.

Y yo, con el alma renovada (y sin mochila, lo cual me bajó 15 kilos de golpe), me fui a recorrer Irún.

Y qué belleza. Irún es todo lo que está bien.

Pintoresco, prolijo, simpático… y encima, la gente a las 3 de la tarde ya está tomando cerveza como si fueran las fiestas del pueblo todos los días. Cada esquina un bar, cada bar un pincho, cada pincho una excusa para vivir. Me senté, me pedí una caña, y me dije:

“Bueno nena… esto ya empezó”.

Todavía no vi muchos peregrinos, capaz porque van más despacito o porque no llegan al borde del cierre como yo, pero ya me siento parte de algo grande. Tengo la credencial en la mochila, una historia nueva en los pies, y ganas de caminarme el mundo.

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