Hoy me levanté con esa vibra de “si escucho un turista más diciendo very cheap, my friend me vuelvo caminando a Argentina”.

No sé si fue la luna, el calor o que mi alma necesitaba silencio, pero estaba cruzada. Así que hice lo único que me funciona: huir caminando.

Ahí voy yo, avanzando como peregrina tailandesa (sí, el Camino de Santiago te queda tatuado en el alma), cuando de pronto… ¡PUM!

Aparece Noppharat Thara Beach.

Y escuchame: yo pensé que era otra playa más.

NO.

ERA LA playa.

Kilómetros de arena vacía.

El mar tan bajito que te sentís gigante.

Cero gritos, cero gente, cero vendedores ofreciendo mangos cortados.

Solo yo… y un silencio que parecía terapia gratis.

Hago un paréntesis

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Y de golpe aparece ÉL:

el cangrejito más pequeño y laburador del sudeste asiático.

Un ser diminuto, tamaño alpiste, pero con actitud de CEO.

El tipo hacía bolitas de arena, las movía para allá, las movía para acá, como si estuviera gestionando un proyecto multimillonario.

Yo ahí, fascinada, siguiéndolo como documental de la BBC, mientras él seguramente pensaba “¿y esta humana grande qué mira?”.

Fue un momento espiritual, pero versión zoológica.

Después, cuando ya me estaba yendo, el cielo dijo:

“¿Querés emoción? Tomá ATARDECER”.

Uno de esos que te deja dura, con cara de alelada, colores imposibles, gente parada en silencio como si estuvieran viendo aparecer a la Virgen del Mar.

Yo quedé hipnotizada.

Juro que por un segundo pensé: “Sí, Tailandia, está bien… me quedo otro día más, no me empujes”.

Un paraíso.

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