El Aarti: el ritual del fuego que te atraviesa hasta los huesos

Esa misma tarde, antes del atardecer, tomé un barquito en el Ganges para ver la ceremonia del Aarti desde el agua.

El barco era pequeño, de madera, con remos que chirrían con cada palada. El río olía a flores y a algo más profundo, más antiguo, que no sé cómo nombrar. Y desde el agua, todo se veía diferente: las escalinatas llenas de gente, los edificios de la orilla iluminados con faroles, los peregrinos bañándose en el río con la devoción de quien sabe que ese contacto lo purifica.

Y después arrancó el Aarti.

Los sacerdotes —todos jóvenes, impecablemente vestidos con túnicas color azafrán— tomaron unas lámparas enormes con fuego y empezaron a moverlas en círculos hacia el río, hacia el cielo, hacia los cuatro puntos cardinales. El movimiento era lento, preciso, rítmico. Las campanas sonaban. Los mantras se cantaban en capas, como si el sonido también tuviera arquitectura. El humo del incienso subía en espirales y se mezclaba con el vapor del río y con el humo de las piras que todavía ardían un poco más lejos.

Yo estaba en el barco, con los pies fríos porque el agua había salpicado un poco, y no podía mover los ojos de lo que estaba viendo. No era solo una ceremonia. Era una conversación entre los vivos y el río, entre los humanos y algo que es más grande que cualquier nombre que uno le ponga.

Las personas en los ghats miraban en silencio. Algunos lloraban. Otros tenían los ojos cerrados y la cara vuelta hacia el fuego como quien recibe algo.

“No importa si creés o no creés: esto no se trata de religión, se trata de sentir. Y te juro que se siente hasta en los huesos.”