En Tailandia se come muy bien y no hace falta gastar fortunas para eso.
Pero hay dos cosas que, sin exagerar, se volvieron pilares fundamentales de mi día a día:
el 7-Eleven…
y los puestos de jugos de frutas en la calle.
Arranquemos por el 7-Eleven, ese lugar que al principio subestimás y después terminás amando fuerte.
Entrás pensando “solo compro agua” y salís con comida, algo dulce, algo salado y una sensación interna de orden emocional.
El 7-Eleven acá no es un kiosco.
Es un centro de rescate viajero.
Tiene comida lista a cualquier hora.
Cuando estás cansada, con calor, sin ganas de decidir nada, entrás y listo: problema resuelto.
Los sanguchitos son protagonistas absolutos.
Hay de todo: clásicos, combinaciones raras, cosas que no sabés bien qué llevan pero igual confiás.
Elegís uno y pasa algo hermoso: la cajera lo calienta en el momento.
Sí, ella misma.
Vos esperás dos segundos y te devuelve un sándwich calentito, simple y delicioso, que tranquilamente podría pasar por un Carlitos argentino versión Tailandia.
Nada gourmet. Nada fancy.
Eficiente, rico y reconfortante. Como debe ser.
Después están esas compras que no estaban en el plan:
algo dulce “por las dudas”, algo salado “por si más tarde”, algo que nunca probaste pero te llama.
Todo está ahí, ordenado, limpio y listo para salvarte el día.
El 7-Eleven tiene algo clave cuando viajás: certeza.
Sabés que no importa la hora ni el ánimo, ahí siempre hay una solución rápida.
Y eso, viajando, es oro puro.
Pero…
si el 7-Eleven te salva, los puestos de jugos de la calle te enamoran.
Afuera, en las veredas, en las esquinas, en cualquier calle, aparecen esos carritos llenos de frutas cortadas, colores imposibles y licuadoras listas para la acción.
Y ahí ya no hay escapatoria.
Mangó, ananá, sandía, maracuyá, combinaciones que nunca se te hubieran ocurrido.
Jugos recién hechos, bien fríos, naturales, dulces y gloriosos.
No existe el “hoy no me compro uno”.
No existe.
Podés haber tomado uno hace dos horas… y volvés a caer.
Son baratos, abundantes y tan ricos que se convierten en parte del ritual diario.
Caminás, ves el puesto, frenás sin pensarlo, elegís sabor, esperás esos segundos mágicos… y seguís tu camino con el vaso en la mano y una sonrisa tonta en la cara.
Ahí entendés algo:
Tailandia no se disfruta solo en templos o playas.
También se disfruta así, en lo cotidiano, en lo simple, en lo que te acompaña todos los días sin hacer ruido.
El 7-Eleven te resuelve.
Los jugos de la calle te alegran.
Y entre una cosa y la otra…
vivís muy bien.
Sinceramente, el día que no estén el 7-Eleven y esos puestos de jugos en la calle…
prefiero no pensarlo.
