Cruzar una calle en Hanoi: un deporte extremo con final abierto

Nadie te prepara para esto. Nadie. Ni la guía de viaje más completa del mundo ni el youtuber más exhaustivo de la historia te puede preparar para el momento en que estás parada en la vereda de Hanoi y tenés que cruzar.

Las motos vienen en un flujo continuo, constante, sin parar. No hay pausas. No hay semáforos que funcionen como uno espera. No hay señal de que en algún momento ese río de ruedas va a detenerse para dejarte cruzar. Y ahí estás vos, con una pierna levantada lista para arrancar y el corazón ya latiendo al doble.

El secreto, me explicó alguien después de verme paralizada durante unos tres minutos, es este: empezás a caminar. Despacio, a paso constante, sin correr y sin frenar. Y las motos te esquivan. Así, como suena. Se adaptan a vos porque vos sos la variable predecible en ese sistema: si sabés a qué velocidad vas, ellos calculan. Si acelerás o frenás de golpe, el sistema se rompe.

En la teoría suena simple. En la práctica, la primera vez que lo intentás, pensás que tu vida tiene un valor mucho más alto que el de un cruce peatonal en Hanoi. Pero lo hacés. Cruzás. Y cuando llegás al otro lado con el corazón en la garganta y las piernas temblando un poco, sentís una euforia que no te la da ninguna montaña rusa del mundo. Porque lo hiciste vos sola, en el caos, y el caos te respetó.

“Cruzar la calle en Hanoi es un acto de fe. No hay semáforos que respeten, ni pausas generosas. Tenés que tomar impulso, pararte derecha, mirar al frente con decisión —aunque por dentro estés llorando— y empezar a caminar. Las motos te esquivan. Es como si el universo entendiera que, si caminás con convicción, merecés llegar al otro lado.”