Bueno, hoy llegué a Laos así… a lo Nadita: cero planificación, cero itinerario, cero estructura. Yo solo estaba caminando tranquila, viendo qué onda el país, acomodándome al calor, a los olores nuevos, a la vibra tranquila que tiene Luang Prabang. Y de repente, sin querer, sin buscar nada, me aparece Wat Mai. Un templo dorado que parecía decirme: “Vení, argentina curiosa, que hoy te toca aprender algo”. Y yo, obvio: “Listo, entro”.

Apenas cruzo la entrada, me pega la primera piña visual: todo dorado. Pero no dorado trucho, dorado de verdad, trabajado a mano, finito, detallado, como si cada artesano hubiera tenido lupa incorporada en los ojos. Columnas doradas, dibujos dorados, puertas doradas… hasta pensé: “Si aparece un perro dorado acá, ya está, me mudo”.

Las puertas tienen escenas tan detalladas que te quedás hipnotizada. Son como historietas antiguas que cuentan la vida de Buda, escenas espirituales, animales sagrados… y yo ahí tratando de descifrar qué parte del capítulo estaba viendo, porque esto es como un Netflix espiritual pero sin pausa ni subtítulos. Mirás un metro cuadrado y tenés como doce historias distintas. Impresionante.

Los murales también son una locura. Es como que te gritan: “Acá nada está puesto porque sí”. Cada dibujito tiene un símbolo, cada flor tiene un sentido, cada personaje está haciendo algo que representa un estado de la mente o un valor. Y vos ahí, con tu mentalidad occidental, tratando de entender, pero igual te llega. Es como que el templo te abraza sin que entiendas todo, ¿viste?

Después están las columnas. Te juro que pensé: “Acá se quedaron sin retina los que las hicieron”. Todo labrado a mano, cada línea impecable. En un momento la luz del sol entró de costado y me encandiló. Literal, el templo brilla. Brilla de verdad. Casi me deja bizca, pero feliz.

Salgo afuera y veo unas estupas, que son esas torrecitas como puntiagudas. Hermosas. Me contaron que ahí guardaban reliquias del Buda y también el Buda de Oro que sacan para las ceremonias de Año Nuevo. O sea… no es cualquier cosa. Te da esa sensación de “estoy en un lugar con historia pesada”. Y sí, totalmente.

Pero la parte que más me llamó la atención fueron los tres Budas con corona. ¡Corona! Yo pensé: “¿Desde cuándo Buda es rey?”. Bueno, acá sí. Cuando un Buda tiene corona significa que estás frente a un templo muy importante espiritualmente, de altísima jerarquía. Y cada uno de esos tres Budas tenía una pose distinta:

uno era el Buda de la calma, otro era el Buda de la enseñanza y el último el Buda de la meditación. Tres estados de la mente, tres formas de estar en el mundo. Me quedé un rato ahí porque cada pose te transmite algo distinto. El de la calma era como: “A ver, Nadita, respirá”. El de la enseñanza tenía cara de “vení, que te explico bien”, y el de la meditación estaba en su mundo, ni te registraba.

Y ahí, mientras estaba tratando de procesar los tres estados de Buda, veo pasar monjes chiquitos. Real. Monjes nenes. Y me quedé helada. Porque acá desde muy chicos ya empiezan la vida monástica, estudian, meditan, practican, viven con una disciplina impresionante. Algunos caminaban serios, otros se reían, otros jugaban, pero todos con sus túnicas color azafrán que ya les caen como si hubieran nacido para eso. A mí me dio ternura y admiración mezcladas. Pensé: “Yo a esa edad jugaba a la escondida y estos ya saben recitar sutras”. Increíble.

El ambiente es una mezcla hermosa entre lo sagrado y lo cotidiano. Estás ahí mirando un Buda dorado y de fondo pasa una señora vendiendo frutas, un gallo canta, un turista se pierde, un perro duerme en el piso tibio y un monje barre como si fuera la cosa más normal del mundo. Y eso es lo que más me gusta: que acá lo espiritual no está separado de la vida diaria. Conviven, se mezclan, se abrazan.

Hago un paréntesis

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En resumen, Wat Mai no fue un templo que busqué. Fue un templo que me encontró. Y me encantó eso. Me encanta cuando el viaje me sorprende así, cuando me tira cosas que yo no planeé pero que igual me suman. Salí de ahí con la sensación de que Laos tiene una calma y una profundidad que te va a ir enseñando de a poquito, sin apuro, a su manera.

Y así empezó mi día. Sin querer queriendo, pero sintiéndolo todo.

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