Hay una idea medio instalada de que para viajar uno tiene que estar impecable por dentro. Como si tuvieras que esperar a estar con la vida ordenada, el corazón sereno, las cuentas al día y la mente sin un solo pensamiento enredado. Como si viajar fuera un premio para los que están diez puntos. Pero la realidad es que la mayoría viajamos justamente porque algo no está perfecto. Porque necesitamos aire. Porque queremos aclarar un nudo mental. Porque hay cosas que dolieron, o cosas que no sabemos resolver, o simplemente porque sentimos que quedarnos donde estamos no nos hace bien.
Viajar cuando la vida no está perfecta no solo es posible, es sanador. No porque el viaje te vaya a solucionar los problemas mágicamente, sino porque te saca de un lugar donde tu cabeza se enrosca sola. Cambiar de escenario, aunque sea temporalmente, te da una distancia que en tu rutina es imposible tener. De golpe, lo que parecía gigante se vuelve manejable. Lo que parecía urgente ya no lo es tanto. Lo que te hacía ruido se acomoda un poco solo.
La verdad es que viajar con cosas pendientes te vuelve más honesto. Te obliga a mirarte sin tantas distracciones. Cuando estás en tu casa, te enganchás con el ritmo, con la gente, con las obligaciones, con cualquier excusa que te haga posponer lo que sentís. Cuando estás viajando, especialmente solo, no tenés escapatoria. Todo lo que traías adentro te sigue. Puede que el paisaje cambie, pero vos te venís igual. Y lejos de ser malo, eso es lo que te ordena. Porque aparece lo que realmente te importa, y desaparece lo que era ruido disfrazado de importancia.
A veces viajás con el corazón medio roto, con dudas de hacia dónde va tu vida, con incertidumbre económica, con decisiones postergadas, con asuntos familiares que pesan, con alguna pena que no se termina de ir. Y está bien. Nadie viaja perfecto. De hecho, la gente que ves tranquila en los cafés también está lidiando con lo suyo. La diferencia es que viajando, esas cosas no te aplastan tanto, porque estás en movimiento. Hay algo en caminar, en mirar lugares nuevos, en hablar con personas que no te conocen, que te saca de encima el drama y lo vuelve más simple.

Viajar cuando no estás en tu mejor momento requiere flexibilidad. No tenés que estar feliz todo el tiempo. No tenés que disfrutar cada día como si fuera una postal. No tenés que cumplir con ninguna expectativa. Hay días del viaje que te va a caer la ficha de algo y te va a doler. Días en los que no te va a dar ganas de conocer nada. Días en los que te vas a sentir más vulnerable que en tu casa. Y eso también es parte del viaje. No es fracaso, es proceso.

Pero también vas a tener días que te sorprenden. Días en los que sin esperarlo, te sentís liviano. Días en los que el cuerpo afloja. Días en los que una charla con alguien que recién conociste te da claridad. Días en los que un paisaje te hace respirar distinto. Días en los que aparecés vos, sin ruido, sin exigencias, sin el peso que traías.
Viajar cuando no todo está perfecto te enseña a confiar. Porque te obliga a resolver cosas solo, a tomar decisiones nuevas, a adaptarte sin tanta queja, a ver que podés más de lo que pensabas. Te das cuenta de que lo que te preocupaba allá, acá ya no tiene el mismo peso. No desaparece, pero se achica. Y vos te agrandás un poco. Te fortalecés sin darte cuenta.
Además, viajar te muestra otra cosa importante: que la vida no espera a que estés perfecto para seguir. Que uno puede estar en movimiento incluso con dudas, con dolores, con cosas sin resolver. Que podés estar roto en un rincón y al día siguiente estar riéndote en una playa, y las dos cosas son válidas.
Lo más lindo de viajar en un momento así es que te recoloca. Te obliga a preguntarte qué querés realmente, qué te hace bien de verdad, qué cosas estabas sosteniendo por costumbre y no por deseo. Te abre espacio interno para que empieces a decidir distinto. No porque el viaje te cambia la vida, sino porque te cambia la mirada. Y con una mirada nueva, las decisiones que vienen después se sienten más tuyas.

Viajar cuando no todo está perfecto no es escapar. Es darte una pausa para respirar, para pensarte, para escucharte sin tanto ruido. Es moverte para volver a encontrarte. Es entender que no hace falta tener todo resuelto para dar un paso. Que a veces el orden viene después del movimiento, no antes.
Y eso, de alguna manera, también es una forma de sanar.

