La primera vez que me subí a uno de estos long-tail boats casi me agarra un ataque de “¿qué estoy haciendo acá?”. Entre que el bote se mueve, el agua te salpica y el señor que lo maneja arranca como si estuviera llegando tarde a su propia fiesta, te juro que pensé: “¿Esto es normal?”

Pero sí, es normal. Acá todo es así.
Después entendí que Tailandia es justamente eso: relajarte y entregarte. Al principio te subís con miedo de mojarte… y después ya estás tan metido en la aventura que si te cae una ola encima decís “bueno, esto es parte del combo”. Los que manejan saben perfecto lo que hacen; vos solo tenés que aferrarte, respirar y dejar que el bote te lleve.
Hago un paréntesis
Antes de seguir con la historia: si querés resolver el alojamiento rápido (sin abrir veinte pestañas), esta es la opción que yo miraría primero. Bien ubicada y con muy buenas valoraciones.
Hoy volví a Railay Beach desde Ao Nang. Los barcos están ahí mismo, esperándote como si fueran taxis acuáticos. Pagás unos 200 baht, que son unos 3 dólares ida y vuelta, y listo: a las seis de la tarde te están esperando para traerte de vuelta a Krabi. Todo independiente, sin tours, sin complicaciones y con ese toque de aventura que tiene esta zona.
Y cada vez que vuelvo me pasa lo mismo: miro esas montañas gigantes saliendo del agua y pienso “¿cómo puede existir un lugar así?”
Por eso, si venís, no le tengas miedo al bote. Mojate, subite, reíte… y entregate a la aventura, porque Tailandia funciona así y por suerte, así de linda es.


