Bangkok no es una ciudad: es un fenómeno. Tiene diez millones de personas y el tráfico que supone eso. Tiene rascacielos de vidrio a metros de templos con quinientos años. Tiene food courts bajo tierra donde comés por dos dólares y restaurantes en rascacielos donde la vista vale lo que el menú. Todo convive. Todo choca. Todo funciona, de alguna manera que nadie termina de explicar bien.
Lo primero que se dice de Bangkok es el calor. Y sí, hace calor. Ese calor húmedo del trópico que te abraza ni bien salís del aeropuerto y no te suelta más. Pero uno aprende a moverse: en el metro con aire acondicionado, en el río con la brisa que viene del Chao Phraya, en los templos donde siempre hay algún lugar con sombra.
El Wat Pho tiene el Buda recostado más grande de Tailandia y posiblemente del mundo: cuarenta y seis metros de longitud, cubierto de pan de oro, con los pies —de casi cinco metros— incrustados de nácar en un diseño de ciento ocho paneles que representan las características del Buda. Estás parado al lado de él y el tamaño no entra en la cabeza. Hay que dar unos pasos hacia atrás, mirar de lejos y recordar que alguien construyó eso en el siglo XVIII con las manos y la fe.
El Palacio Real, al lado, es una explosión de color y geometría: techos dorados con picos hacia el cielo, decoración de mosaicos que brillan con cada cambio de luz, guardianes de piedra con caras de guerrero y túnicas de ópera. Hay que ir cubierta —pantalón y blusa que tape los hombros— y si llegás sin eso, afuera te alquilan telas para entrar. Los guardias lo toman en serio y está bien.