Hay un cansancio del que casi no se habla, porque no queda bien decirlo.

No es agotamiento físico, no es “no dormí”, no es “estoy mal”.

Es ese cansancio que aparece cuando todo depende de vos.

Cuando no hay horarios fijos, ni rutinas armadas, ni alguien que te diga qué toca hoy.

Cuando la libertad es real, pero también lo es la cantidad de decisiones chiquitas que tenés que tomar todo el tiempo.

A dónde ir.

Dónde dormir.

Qué hacer con el día.

Si hoy se gasta o se guarda.

Si se sigue, si se frena, si se cambia de plan.

Desde afuera se ve espectacular.

Y muchas veces lo es.

Pero nadie ve lo que pasa por la cabeza cuando no hay piloto automático y todo se decide en tiempo real.

Lo curioso es que este cansancio suele venir acompañado de culpa.

Porque, claro, esto lo elegiste vos.

Entonces parece que no tenés derecho a cansarte.

Pero elegir algo lindo no significa que no desgaste.

Significa que el desgaste es distinto.

Más silencioso.

Más mental.

No es querer otra vida.

Es querer, a veces, no pensar tanto.

Hay días en los que no necesitás grandes reflexiones ni planes a futuro.

No necesitás saber dónde vas a estar en seis meses ni tener todo resuelto.

Hay días en los que el cuerpo y la cabeza solo piden algo muy simple:

que el día sea fácil.

Comer sin analizar demasiado.

Caminar sin objetivo.

Dejar que el tiempo pase sin optimizarlo.

No hacer nada “importante”.

Y eso no es perder el rumbo.

Es cuidarlo.

Porque vivir con libertad también implica aprender a descansar dentro de ella.

No todo tiene que ser movimiento, crecimiento o transformación constante.

A veces, lo más valiente que podés hacer es permitirte un día normal.

Sin decisiones grandes.

Sin exigencias.

Sin sentir que deberías estar aprovechando mejor el tiempo.

Y cuando eso pasa, curiosamente, todo vuelve a acomodarse solo.

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