Yo llegué a Wat Choum Khong con la actitud de: “Bueno, pasemos a ver este templito que seguro es otro más”.
No sé quién me creo a veces. Porque entré con cero fe, cero expectativa y cero emoción, y cinco minutos después estaba parada como una estatua mirando Buddhas por todos lados, sintiendo que hasta los árboles me hablaban.
A la tarde pasa algo raro ahí. Es como si el lugar despertara recién cuando el sol se está yendo. De repente empiezo a ver Buddhas escondidos en el parque, todos iluminados por la luz dorada, como si hubieran salido de la tierra a decir: “Ah, venías a ponerme un cero, ¿no? Mirá ahora”.
Y cada uno con una pose distinta, como si fuera un casting de Buddhas para una serie de Netflix.
El de la mano al frente, por ejemplo, que parece estar diciendo: “Tranquila, Nadita, dejá de dramatizar”, en realidad representa protección y ausencia de miedo.
El que tiene las manos apoyadas como si estuviera a punto de prepararte un mate, representa meditación profunda y equilibrio interior (cosas que yo, claramente, no manejo).
Y mi favorito: el Buddha caminando, que es literalmente la versión espiritual de “yo sigo, aunque no tenga idea a dónde voy”. Me sentí un poco identificada, tengo que admitirlo.
Después, en el patio, veo un animalito haciendo una ofrenda al Buddha. Un detalle mínimo, pero hermoso. Ese gesto significa humildad total. Es como decir: “Tomá lo poco que tengo, pero que te sirva para guiarme”. Y ahí terminé yo, observando al animal y pensando: “Bueno, ya está, me ganó. Este templo me ganó”.
Hago un paréntesis
Antes de seguir con la historia: si querés resolver el alojamiento rápido (sin abrir veinte pestañas), esta es la opción que yo miraría primero. Bien ubicada y con muy buenas valoraciones.
Entro al salón principal y encuentro a un local meditando en silencio absoluto, en su mundo, haciendo su ceremonia como si yo ni existiera. Nada de show turístico, nada para la foto. Pura espiritualidad real. Me quedé mirando un rato largo, en un silencio tan profundo que me sentí invitada a sentarme y cerrar un poco el pico.
Al final, Wat Choum Khong es ese templo que parece nada y te termina dando una lección sin decirte una sola palabra. Uno de esos lugares que te agarra de la muñeca y te dice: “Mirá de nuevo, apurate menos”.
Y para cerrar el día como corresponde, me fui a dormir al White Elephant Hostel, acá en Ban Prang. Lo recomiendo con toda mi alma. Si buscás tranquilidad, dormir bien, estar en un lugar hermoso y mantener ese toque excéntrico que te caracteriza, este es el hostel.
