Hoy amanecí temprano (milagro) y me fui al mercado local de Luang Prabang, ese que funciona solo por la mañana, de 6 a 12, cuando la ciudad está medio dormida y los vendedores ya están trabajando como si fueran las 5 de la tarde.

Es uno de esos mercados donde si aparece un extranjero, los locales lo miran con cara de “¿vino a comprar o está perdida?”. Yo, claramente, a mirar todo como si fuera la primera vez que veía comida.

Este mercado es el corazón de la vida cotidiana: cero maquillaje, cero “para turistas”. Es Laos puro, directo a la vena.

La realeza del mercado: el búfalo

Acá el búfalo no es un animal: es un personaje famoso.

En forma de carne seca, marinada, cortada, estirada, secada al sol… casi que esperaba ver un cartel que dijera:

“Producto estrella del día: cualquier cosa que venga del búfalo.”

Probé un pedacito (porque no sé decir que no) y… mamma mía.

Es como si la carne hubiera meditado al sol toda la mañana para llegar a su punto justo.

Textura firme, sabor potente, ese toque de soja que te pega un abrazo salado.

Una delicia rústica, intensa, que te hace sentir que estás comiendo tradición pura.

Las tortillas de colores: el arcoíris versión desayuno

Después me encontré con unas tortillas que parecían obras de arte comestibles.

Las tenían de cúrcuma (amarillo “me levanté con energía”), de espinaca (verde “quiero vivir como un monje sano”), y otras misteriosas que tenían colores de “yo te curo todo, pero no preguntes qué soy”.

Hago un paréntesis

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Las ponen en una sartén grandota, las aplastan con una espátula como si les estuvieran diciendo “¡vamos, despertate!”, y salen tibiecitas, con ese olor suave a comida de abuela asiática que sabe que te va a gustar.

Los dulces de coco: acá rendís examen de voluntad

Y después, el paraíso: los dulces de coco.

Pero no cualquier coco: coco rallado mezclado con harina de banana, azúcar justa, amasado con amor laosiano y tostado hasta quedar con ese color marroncito “recién salido de un abrazo”.

Crujientes por fuera, suaves por dentro.

Me comí uno y mi cerebro dijo: “¿Qué hacés? ¡Volvé y pedí cinco más!”

Peligrosos. Adictivos. Podrían venderlos como terapia emocional.

La carne marinada que te mira desde el sol

Hay puestos con tiras de carne remojadas en soja, ajos, algo dulce que no pude identificar, y luego extendidas al sol para que se sequen.

Parecen esculturitas carnosas.

Cuando las probás, entendés por qué las veneran: saladas, ahumadas sin humo, un snack que te invita a abrir una cervecita aunque sea las nueve de la mañana.

Las sorpresas interminables

Entre todo esto, también vi:

  • Pescados enteros mirándote como diciendo “yo ayer estaba en el río”.
  • Chiles rojos que intimidan solo con existir.
  • Hierbas que parecen salidas de una película de magia.
  • Verduras gigantes que no podrían entrar en una heladera argentina.
  • Señoras majando ingredientes en morteros gigantes, como si estuvieran preparando pociones.
  • Y un desfile de aromas que te hacen sospechar que tu olfato estaba subdesarrollado hasta hoy.

Cada pasillo tiene algo distinto.

Es como un parque de diversiones, pero donde la montaña rusa es la comida y la adrenalina es tu curiosidad.

Lo que más me encantó

Que no había turistas.

Ni uno.

Era todo gente local haciendo su vida real: comprando su desayuno, el almuerzo, los snacks, los ingredientes para la cena y, de paso, charlando con los vecinos.

Ese ambiente es lo que te muestra de verdad cómo se come y cómo se vive acá.

Salí con la cámara llena, la panza feliz, y esa sensación de “ok, esto es viajar de verdad”.

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