Hoy estaba en la calle, caminando tranquila, cuando de repente escucho un sonido que no sabía si era un canto, un rezo, o un monje invocando el Wi-Fi del universo. Me acerco, porque obvio, soy la que se mete en todos lados, y descubro que el sonido salía de un saloncito que parecía escondido a propósito. Me meto y ahí estaba: Wat Pa Pai, un templo chiquito, tímido, de esos que si parpadeás te lo perdés.

Entro y quedo tiesa. El lugar es como abrir un cofre del tesoro: rojo intenso, dorado, budas por todos lados mirándote como diciendo “sentate, respirá, y no toques nada”. Pero lo mejor eran los atrilcitos, los mini pupitres del piso. Te juro que parecían los muebles de un jardín de infantes místico. Yo los miraba y pensaba: “¿Dónde está mi cuaderno de caligrafía espiritual? ¿Me siento? ¿Me arrodillo? ¿Entro oficialmente al primer grado budista?”.

Hago un paréntesis

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Después entendí que esos atriles no son una decoración kawaii del templo, sino donde los monjes apoyan los textos sagrados para hacer sus cantos. Ellos leen ahí, en el piso, sin silla, sin apoyo lumbar, sin nada. Y la voz que sale cuando cantan… mamita. Es una cosa que te vibra en la costilla flotante. Mientras yo estaba ahí, fascinada, uno de los monjes estaba recitando, y el sonido se metía en el ambiente como un humo sonoro que te afloja hasta el pensamiento. No sé qué frecuencia manejan estos tipos, pero si siguen cantando dos minutos más, yo me iluminaba ahí mismo.

Salgo del templo, todavía medio en trance, como si me hubieran reiniciado el cerebro. Y para rematar la experiencia espiritual sin previo aviso, mi estómago dice: “muy lindo todo, pero necesito comida YA”. Entonces me fui a cenar y probé uno de los platos más deliciosos de Laos: Stir Fry Red Curry. Este plato es un escándalo. Lleva leche de coco espesa, pasta de curry rojo que no negocia con nadie, verduras salteadas, albahaca tailandesa, hojas de lima kaffir, y si querés te lo hacen con tofu o pollo. Es cremoso, es picantito, es dulce, es perfumado… básicamente es una comida que te abraza por dentro y te dice: “te merecés esto, reina”.

Así que así fue mi día: voy caminando tranquila y termino en un templo escondido, con pupitritos místicos que parecen sacados de un jardín budista, escuchando un monje que casi me pone el alma en modo avión, y coronando todo con un Stir Fry Red Curry que debería considerarse patrimonio emocional de la humanidad. Un día más, versión Nadita suelta en Laos, encontrándome con cosas tan inesperadas que parecen inventadas… pero no, acá pasan de verdad.

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