Entré a Wat Sensoukharam pensando que iba a ver “otro templo más” y terminé metida en una especie de caja de joyas laosiana que me envolvió en rojo y dorado como si me conociera y supiera que venía acelerada. El salón brilla tanto que si hubiera ido medio despeinada, el reflejo me mostraba cada pelo rebelde en alta definición. Las columnas están cubiertas de dibujos dorados tan perfectos que me dieron ansiedad solo de imaginar la paciencia de la persona que los pintó. Yo no puedo ni pintarme las uñas sin dejarme un dedo enchastrado, así que imaginate.

Y de repente aparece él: un Buda gigante, dorado, impecable, con la túnica naranja cruzada tipo “recién salida de la tintorería mística del Nirvana”. Tiene una calma tan profunda que te mira como diciéndote: “Bajá un cambio, Nadita, que nadie te está corriendo”. El silencio del lugar es tan intenso que hasta mi respiración me sonaba exagerada.

Hago un paréntesis

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Obviamente, algo me tenía que pasar. Me quise hacer la espiritual y elegante, caminando suavecito… y ¡zas!, la correa del bolso se me enganchó en una columna. Por dos segundos pensé que iba a derribar medio templo y convertirme en la argentina viral en Laos por torpe. Me hice la que estaba admirando un detalle artístico, como si entendiera algo, pero por dentro decía: “si tiro esto, no me salva ni Buda”.

Más allá de mi caos, el templo es una belleza. El rojo profundo, el dorado que brilla como si respirara luz propia, los buditas chiquitos a los pies del grande… todo es tan delicado que te obliga a moverte lento. Es un lugar sereno, suave, de esos que te bajan las revoluciones sin pedir permiso. Me quedé un rato largo, entre admirar, respirar hondo y recuperarme del mini infarto de la columna.

Wat Sensoukharam es así: te calma, te hipnotiza y te deja con ganas de mirarlo todo dos veces.

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