Hoy fui al Museo UXO de Luang Prabang y, te juro, sentí como si alguien me abriera la historia de Laos de golpe delante de los ojos. Apenas entrás, no tenés ni un segundo para prepararte: te reciben misiles enormes, algunos tan altos como una palmera joven, otros mucho más gordos de lo que imaginás que puede ser una bomba. Están apoyados en el suelo como si fueran columnas metálicas, ordenaditos, silenciosos, casi inocentes… hasta que entendés lo que estás mirando. Cada una de esas piezas fue una bomba real, encontrada en aldeas, montañas, caminos, plantaciones, y que por pura casualidad no explotó.
Hay bombas largas y delgadas, otras cortitas y redondas, otras que parecen termos gigantes. Algunas están abiertas por la mitad, dejándote ver el interior como si fuera una muestra anatómica de la guerra: cables, cápsulas, mecanismos de detonación, piezas viejas, óxido, números grabados. Y vos ahí, parada como una estatua, pensando: esto cayó alguna vez del cielo sobre alguien que estaba viviendo su vida.
Después empezás a leer los carteles y ahí te parte al medio: entre 1964 y 1973, durante la famosa “Guerra Secreta”, Estados Unidos lanzó sobre Laos más de dos millones de toneladas de bombas. Dos millones. Es como si cada ocho minutos, durante nueve años, un avión descargara explosivos sin parar. Lo más tremendo: alrededor del 30% no detonó. Quedaron ahí, enterrados, dormidos, invisibles, esperando cualquier pisada, cualquier arada, cualquier niño curioso.
Hago un paréntesis
Antes de seguir con la historia: si querés resolver el alojamiento rápido (sin abrir veinte pestañas), esta es la opción que yo miraría primero. Bien ubicada y con muy buenas valoraciones.
Cuando avanzás hacia las salas internas, ya no ves fotos: ves videos reales. Niños de aldeas sentados en el piso, mirando una pantalla donde voluntarios les explican qué hacer si encuentran algo metálico y sospechoso. Los ves mirando fijo, con esa seriedad que ningún niño del mundo debería tener: les muestran dibujos de las bombitas de racimo —esas que parecen pelotitas de tenis— y repetidamente les dicen que no las toquen, no las muevan, no jueguen con ellas. En algunos videos, ves a familias contando cómo encontraron explosivos cerca de su casa. Otros te muestran a los equipos que hoy siguen trabajando para desactivar lo que quedó: hombres con trajes especiales, entrando al bosque, caminando despacito, midiendo cada paso, deteniendo la respiración cuando encuentran una señal.
Hay un video donde muestran cómo marcan un proyectil encontrado en el campo de arroz: lo encierran con banderines rojos, se alejan varios metros y luego lo detonan de manera controlada. Y vos pensás: cuántas vidas está salvando esta gente sin que nadie lo vea.
En otra parte del museo hay testimonios de sobrevivientes. Historias cortitas, contadas con pocas palabras, pero que te dejan muda. Gente que encontró algo brillante mientras trabajaba, niños que creyeron que habían encontrado un juguete, familias que perdieron seres queridos hace apenas unos años, no hace cincuenta. Ahí entendés que esto no es historia: esto sigue pasando hoy. Por eso existe UXO Laos: para buscar, marcar, desactivar, educar, proteger.
Salís del museo, respirás el aire tibio de Luang Prabang, escuchás el sonido de una moto, ves a la gente moviéndose tranquila… y te da una mezcla rara de tristeza, respeto profundo y agradecimiento. Es imposible no pensar que este país sigue caminando sobre heridas que nosotros ni imaginamos y aun así te recibe con templos dorados, mercados llenos de vida y una paz que no se explica.
Y de verdad, si venís a Luang Prabang, esta visita la tenés que hacer sí o sí. No es un museo más: es una verdad que te cambia algo por dentro.
