Bueno… yo estaba ahí, sentadita frente al Palacio Real, disfrutando esa calma que tiene Luang Prabang que te baja la ansiedad al piso, cuando veo un cartel que decía “Phou Si Mountain”. Y vos ya sabés cómo soy: si dice “montaña”, yo voy aunque no sepa ni qué hay arriba.

“¿Un templo? ¿Un mirador? ¿Una sorpresa del universo?”

No sabía, pero la intriga me ganó.

Me cuentan que desde la cima se ve TODO: el Mekong, el Nam Khan, la ciudad completa y un atardecer de esos que te reinician el alma.

Y dije:

“Bueno, listo. Subo.”

Apenas empiezo la subida me encuentro con los seres más tiernos del planeta: monjes chiquititos, nenes con sus túnicas naranjas, caminando entre los escalones. Algunos tímidos, otros te regalan una sonrisa tan pura que te acomoda el corazón.

Ahí ya sentís que la montaña te está dando la bienvenida.

A medida que subo empieza lo más inesperado: todas las etapas del Buda, una detrás de la otra, como si fuera un libro abierto pero en versión montaña.

Primero aparece el Buda Reclinado, ese que simboliza paz, descanso y cierre de ciclo.

Después, el Buda de la Enseñanza, con las manos formando el mudra del primer sermón.

Más arriba está el Buda de la Protección, con la mano levantada diciéndote:

“Seguí tranquila, que vas bien”.

Y el Buda en Meditación, que te frena, te baja la respiración y te mete en modo contemplativo sin que te des cuenta.

Pero cuando pensaba que ya había entendido la cosa… aparece una serpiente gigante con SIETE cabezas.

¡Siete!

Con unos huevos enormes de colores al lado.

Yo quedé congelada.

La serpiente es Mucalinda, la que protegió al Buda de una tormenta mientras meditaba.

Las siete cabezas representan las siete direcciones espirituales y una protección total.

Los huevos, el renacimiento y la abundancia.

Una escena potentísima.

Sigo subiendo y encuentro otra postal increíble:

El Buda sentado sobre la serpiente, y abajo la Diosa de la Tierra, exprimiéndose el pelo.

Su historia es preciosa: cuando el ego y las tentaciones quisieron distraer al Buda, ella se suelta el cabello y libera un torrente de agua que arrasa todo lo negativo.

Es el símbolo de soltar el ego, los miedos y avanzar más liviana.

Más arriba aparecen Budas en poses que nunca había visto:

  • Manos cruzadas al pecho, aceptando la condición humana.
  • Manos enfrentadas, equilibrio entre mente y cuerpo.
  • Llamando a la Tierra como testigo, el instante exacto de la iluminación.

Entre medio hay pequeñas estupas, altares, flores, monjes, aromas de incienso, turistas jadeando y ese silencio místico que tiene Laos en cada rincón.

Hago un paréntesis

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Luego está la cueva, escondida entre las rocas.

Las cuevas son símbolo de protección interior, como un abrazo de la tierra.

Ahí el silencio es profundo, de esos que te acomodan el alma.

Y después aparece la campana gigante, que cuando suena hace vibrar todo.

Ese sonido representa la limpieza del karma, como si te sacudiera las energías viejas y te dejara livianita.

Antes de llegar arriba están las figuras de los monjes ancianos, los sabios de la montaña, con túnicas que parecen piel de tigre, símbolo de fortaleza y dominio espiritual.

Son como guardianes de la cima.

Y finalmente… llegás.

El templo arriba, los dos ríos cruzándose, el sol acariciando toda la ciudad, el silencio perfecto.

Ese momento lo vale TODO.

Cada escalón, cada respiración agitada, cada sorpresa del camino.

Así viví yo Poussi Mountain: una mezcla de simbolismo, ternura, risas internas, esfuerzo, calma y esa magia laosiana que te va enseñando mientras caminás.

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