Yo soy curiosa… pero curiosa de verdad. De esas que si ve algo sospechoso, escondido o que nadie mira, ahí voy yo, directa, como un gato metiéndose en una caja. Y así fue: caminando por Krabi vi un mercado a lo lejos y pensé “mmm… esto no tiene cara de vender smoothies para turistas”. Y sí: era un mercado local, local de verdad, de esos donde no hay ni un cartel en inglés y todo huele a vida cotidiana. Obviamente, Nadita no resistió: ahí entré.
Apenas crucé la entrada me recibió un ejército de pescados frescos brillando sobre el hielo, cada uno con una cara que decía “llegué hace 10 minutos del mar”. Al lado, los caracoles acomodados como si fueran bombones, y yo ahí con cara de “mirá vos… en Argentina esto no lo veo”. La variedad era tanta que si me quedaba un ratito más seguro adoptaba uno.
Pero lo más fuerte… las sopas en bolsitas. Amiga, todo acá viene en bolsa: sopas, caldos, curries, salsas, hasta cosas que no sé si eran para comer o para hacer un hechizo. Filas enteras colgando, como si fueran suero del hospital pero versión gourmet tailandés. Yo las miraba como preguntándome si me estaba llevando comida o un experimento químico.
Después, la sección hierbas y especias: cúrcuma, lemongrass, hojas de lima kaffir, menta, chiles… el combo aromático te pega una cachetada y te abre todos los chakras de golpe. Es como entrar a un sauna natural que te cura todo.
De repente, giro a la derecha y ¡pum! El reino de las frutas tropicales. Mangos del tamaño de mi cabeza, piñas que parecían recién peinadas, rambutanes peludos, mangosteens violetas perfectos, papayas mantecosas… y, cómo no, el durian, ese aroma inolvidable que uno siente a dos cuadras y dice “acá hay un durian o explotó un tacho de basura”. Clásico.
Después pasé por la parte de las verduras: hojas gigantes, hongos rarísimos, raíces que parecían sacadas de un cuento de duendes. Yo las miraba como diciendo “te respeto, pero no tengo idea qué haces”.
Hago un paréntesis
Antes de seguir con la historia: si querés resolver el alojamiento rápido (sin abrir veinte pestañas), esta es la opción que yo miraría primero. Bien ubicada y con muy buenas valoraciones.
Y cuando pensé que ya había visto todo… ¡los huevitos de colores! Rosados, violetas, verdes, azules… parecían huevos de Pascua pero versión tailandesa hardcore. Algunos fermentados, otros curados en sal, otros cocidos con té. Yo ahí, sosteniendo uno pensando “¿cuál de todos me comería sin llorar?”.
Entre medio, los puestos de tortas locales: gelatinas brillosas, dulces de coco envueltos en hojas, flancitos raros, arroz pegajoso con mil combinaciones. Yo quería probar todo pero tenía miedo de terminar con la mandíbula pegada de tanto azúcar.
Y mientras camino, pasan motos por el medio del mercado como si nada. Los vendedores charlan, cortan, pican, ríen, gritan. Y yo ahí en el medio, con los ojos como dos pelotitas diciendo:
“Así se vive. Esto es Tailandia real.”
El mercado turístico es lindo… pero el mercado local es una novela entera. Y yo, obvio, me leí todos los capítulos.
