Hoy llegué a uno de esos lugares que te hacen replantearte si realmente querés volver a tu casa en algún momento. Vine a Tailandia con la idea de bajar un cambio, respirar un poco y encontrar un ritmo más tranquilo. Claro que yo quieta no puedo estar ni veinte minutos, pero al menos intento engañarme a mí misma. Apenas bajé en Ao Nang ya sentí esa mezcla de aire salado, humedad y calorcito que te afloja el cuerpo. El cielo estaba lindo, el mar calmo, y yo pensé: bueno, parece que elegí bien.

Me fui directo a la playa principal de Ao Nang. Mientras miraba el atardecer, veo un barquito que estaba por salir para Railay Beach. Y ahí es cuando la Nadita impulsiva entra en acción: me subí sin pensar demasiado. En quince o veinte minutos estás en Railay, y apenas pisás la arena entendés por qué este lugar aparece en todas las fotos que uno guarda para soñar despierto.

Railay Beach es una mezcla perfecta entre naturaleza salvaje y calma absoluta. Lo primero que te recibe es una playa de arena finita, de esas que se sienten como harina bajo los pies. El agua es transparente, de un verde suave que se aclara cuando se acerca la orilla. Y alrededor, levantándose como guardianes gigantescos, están esos paredones de piedra caliza que parecen esculpidos por algún artista obsesivo. No hay autos, no hay calles, nada que te desconecte de esa sensación de estar metida en un mundo más primitivo y silencioso.

Hago un paréntesis

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Pero Railay no es solo playa. Si caminás hacia la zona de las cavernas, empieza la aventura. Te encontrás con cuevas profundas, rocas enormes, sombras que se mueven según dónde pegue la luz, y uno que otro bicho que te recuerda que acá la naturaleza manda. En una de esas caminatas me crucé con un monitor lizard, un lagarto enorme que parecía salido de Jurassic Park. Estaba tranquilo, como si fuera el dueño del lugar. Yo seguí de largo, haciéndome la valiente.

Uno de los lugares más impactantes es la Phra Nang Cave, también conocida como la cueva de la princesa del mar. Según la tradición local, ahí vive el espíritu de una princesa que protege a los pescadores. Cuando vas entrando, lo primero que ves son muchas ofrendas de flores y telas de colores. Y después aparecen esos objetos de madera tallada con forma fálica, que para el turista pueden parecer extraños, pero para los tailandeses representan fertilidad, abundancia y buena pesca. Los pescadores vienen, dejan sus ofrendas y piden protección antes de salir al mar. Es una tradición ancestral que todavía está muy viva y que, cuando la ves, te hace entender otra forma de conectar con la naturaleza y con lo que no se ve.

Lo que más me impactó de Railay es esa combinación entre ambiente relajado, turistas paseando, barcitos simples donde venden algo para comer, y al mismo tiempo esa sensación de estar metida en un lugar casi espiritual. El sonido de las olas, las montañas rodeándote, el eco dentro de las cuevas, todo eso te hace bajar un poco el ritmo interno. Aunque sea por un rato, sentís que estás en un pedacito del mundo que todavía sigue intacto.

Fue un día largo pero hermoso. Railay Beach es de esos lugares que uno no solo ve, sino que vive. Y si estás por venir a Krabi, no podés dejar de conocerlo.

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