Hoy arranqué en San Sebastián pensando que iba a ser un día tranqui. Sí, claro… “tranqui”.
Yo calculaba que iba a caminar unos 20 y pico de kilómetros. Al final fueron 38. Treinta y ocho. ¡TREINTA Y OCHO!
Si me avisaban antes, me quedaba en la cama.
Primera parte: la bienvenida asesina
A los cinco minutos de salir, ya estaba trepando las famosas escaleras que tiene esta etapa.
Y no es que sean “un par de escalones para calentar”… No. Esto es como un casting sorpresa para subir al Everest.


Yo iba subiendo y pensando: “No puede ser, ¿cuándo termina esto?”. Y cada vez que creía que llegaba… otra tanda más.
Pero bueno, arriba me encontré con esas vistas que te hacen decir: “bueno, está bien, no me quejo más”. El mar brillando, San Sebastián atrás, las gaviotas viviendo su mejor vida… y yo tratando de respirar sin que se note que me estaba por desmayar.


Segunda parte: el paseo soñado… con mochila de castigo
Después de las escaleras, el camino va bordeando la costa.
Divino, sí… pero también hay subiditas traicioneras que te dejan sin aire.
Entre el mar, el viento en la cara y el sol, parecía una película… pero versión realista: pelo pegado a la cara, cara roja, y la mochila que pesaba como si llevara piedras.
Tercera parte: Zarautz, la alfombra dorada
Después de varios kilómetros aparece Zarautz, con esa playa eterna llena de surfistas, familias y gente disfrutando la vida.
Yo entré como si nada, pero por dentro mis pies me gritaban: “¡Basta, mujer!”.
Me quedé mirando el mar un rato… pero el destino final me llamaba: Getaria.
Cuarta parte: la pasarela del hambre
De Zarautz a Getaria, el paseo costero es una belleza: mar a un lado, viñedos de txakoli al otro.
Y al fondo, Getaria apareciendo cada vez más cerca… aunque mi nariz llegó primero: olor a pescado a la brasa, parrillas humeando… y yo ahí, caminando como hipnotizada.
Getaria: amor a primera vista (y olfato)
Entrar a Getaria es como entrar en una postal perfecta: casitas de piedra, puerto con barcos balanceándose, calles empedradas… y ese olor que te hace olvidar el cansancio.
En ese momento dije: “Bueno, ya está, valió la pena cada paso”.
Dónde dormir
Me quedé en el Hostel de Getaria y lo súper recomiendo: limpio, cómodo, bien ubicado y con ese ambiente de peregrinos que hace que te sientas como en casa.
Tip de supervivencia
Si no querés terminar llorando en una cuesta, equipate bien.
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Final feliz: playa y puerto
Después de dejar la mochila, me fui a la playa de Getaria.
Me saqué las zapatillas, estiré, metí los pies en el agua y me quedé mirando el puerto ahí al lado, con los barcos flotando a pocos metros.
Respiré, sonreí y pensé: “Bueno, caminé 38 km… pero llegué. Y qué lindo llegar acá”.
Un poquito de historia para no irme sin contarte algo
Getaria es puro encanto, pero a un par de etapas de acá está Gernika, un pueblo que en 1937 fue literalmente arrasado a bombazos en la Guerra Civil Española.
Vinieron aviones alemanes e italianos y lo dejaron hecho polvo… y eso que era un día de mercado. Sobrevivió poca gente y mucho coraje.
La historia dio la vuelta al mundo gracias a un tal Picasso, que pintó su famoso cuadro “Guernica”: blanco, negro y gris, lleno de figuras retorcidas que gritan “¡basta de guerra!” sin decir una palabra.
Yo lo cuento rápido y con chiste, pero si buscás la historia, se te queda en el corazón.



