Etapa 3, Guernica → Deva: el día que casi quedo estampada en la costa

Hay etapas del Camino que te las hacés a vos misma. Esta fue una de esas.

En el mapa decía diecisiete kilómetros. Había dos opciones: ruta interior o ruta costera. La interior era más directa, más señalizada, más predecible. La costera era más linda, más dramática, con vistas al mar. Elegí la costera porque soy yo.

Lo que no decía el mapa era que ‘costera’ en la práctica significaba un sendero que a veces tenía un metro y medio de ancho con el acantilado a un lado y la vegetación cerrada al otro, y que el viento que viene del Cantábrico en esa parte de la costa no pregunta si tenés ganas de que te empuje o no.

Hubo un momento —lo recuerdo perfectamente— en que me agarré con los dos bastones y una mano al pasto porque el viento me empujaba hacia un lado que no era el que yo quería ir. Los zapatos patinaron un poco sobre la piedra mojada. El mar estaba abajo, muy abajo, muy boni pero también muy lejos en el sentido vertical. Y yo ahí, con la mochila de peso, pensando cosas que uno piensa en esos momentos: que el seguro de viaje está actualizado, que les dije a quién iba a estar en el Camino, que los bastones son la mejor compra que hice en este viaje.

Llegué a Deva tarde, con la ropa llena de pasto y el corazón todavía un poco acelerado. Pero llegué. Y eso, en el Camino, siempre es suficiente.