La etapa del día dos se supone que es corta. Veinte y pico de kilómetros, decía el mapa. Fácil, tranquila, con tiempo para llegar temprano y descansar.
Terminaron siendo treinta y ocho kilómetros.
¿Cómo pasó esto? No lo sé con exactitud. Sé que en algún punto del camino me equivoqué de bifurcación. Sé que en lugar de ir al próximo pueblo que correspondía, fui a otro. Sé que cuando me di cuenta ya no tenía mucho sentido volver y que el camino seguía hacia adelante. Y sé que ‘el camino seguía hacia adelante’ es la frase con la que los peregrinos justificamos decisiones que en cualquier otro contexto parecerían razonablemente irresponsables.
Getaria es un pueblito de pescadores colgado sobre el mar, angosto y empinado, con una calle principal que huele a sardinas a la parrilla y a mar y a ese tipo de vida costera que uno idealiza cuando no la tiene. Llegué a las seis de la tarde, con las piernas en modo denuncia, y me tiré en una banca de la plaza frente al puerto.
Un señor mayor que tomaba vino en la mesa de al lado me miró con esa mirada que reconocen los peregrinos: mezcla de empatía y de ‘bienvenida al club’. Me ofreció un trozo de pan con anchoa sin decir nada. Lo acepté con una gratitud desproporcionada para lo que era. Porque cuando llegás después de treinta y ocho kilómetros, cualquier gesto de humanidad simple te entra directo al corazón.