Etapa 1, Irún → San Sebastián: el regalo del primer día

La primera etapa del Camino del Norte es, en muchos sentidos, la más generosa. No la más fácil —hay subidas que ya en el primer día te recuerdan que esto no va a ser ninguna broma— pero sí la más espectacular. Como si el Camino supiera que necesitás que el primer día sea bueno para comprometerte con los siguientes.

Salí del albergue de Irún con la mochila y los bastones y ese paso largo y decidido de quien todavía tiene las piernas frescas. El sol todavía no había salido del todo. El aire olía a sal y a eucaliptos. Las calles de Irún estaban vacías y el sonido de mis botas en el adoquín era lo único que rompía el silencio.

La etapa es un espectáculo visual constante: subís y bajás colinas con el Cantábrico ahí al costado, azul intenso, con acantilados que caen directo al mar. El aire huele a sal y a pasto. Las casas de los pueblos tienen balcones llenos de flores y esas fachadas de madera pintada que son tan específicamente del País Vasco que cuando las ves sabés exactamente dónde estás.

Pasás por Hondarribia, que es uno de esos pueblos que parecen pintados a mano: calles adoquinadas, casas de colores vivos, una iglesia en la plaza mayor que tiene esa proporción perfecta entre grande y humana. Después llega la primera subida fuerte, hacia el Santuario de Guadalupe, donde de repente te das vuelta y ves toda la bahía de Txingudi abajo. Y ahí entendés por qué el Camino te hace olvidarte de todo lo demás: porque cuando una vista así aparece después de cuarenta minutos de subida, se le perdona todo al paisaje.

Unos kilómetros antes de San Sebastián, paré en Los Siete Apóstoles, un lugar que no aparece en todos los mapas pero que los peregrinos se van pasando de boca en boca: una casa particular que recibe peregrinos, a voluntad, con un parque enorme con césped y árboles y un silencio que te envuelve. Me tiré en el pasto y me quedé mirando el cielo por un rato sin pensar en nada. Que era exactamente lo que necesitaba.

La llegada a San Sebastián es el tipo de recompensa que uno no merece tanto en el primer día pero agradece con todo el cuerpo: bajás desde el monte Ulía y de repente aparece la ciudad, con la playa de la Concha extendida como una postal. La arena dorada, el agua brillante, los bañistas que parecen creer que el verano es eterno. Y vos ahí, con la mochila y las piernas cansadas y una sonrisa que no pediste pero que llegó sola.