Etapa 0: de Córdoba a Irún, empieza todo

El camino empezó antes del camino. Empezó en el aeropuerto, con el equipaje que se me fue de las manos durante el check-in y que tardó veinte minutos en pesar los cincuenta gramos de más que tenía la mochila. Empezó en el vuelo, con el asiento en el medio de la fila del medio, entre un señor que roncaba y una chica que comía papas fritas a las dos de la madrugada. Empezó en el frío de Irún, que yo nunca había pisado, a las seis de la mañana de un día que todavía no había decidido si iba a ser bueno.

Llegué al albergue de peregrinos de Irún con la mochila, los bastones, las botas nuevas que había caminado exactamente tres veces antes para ‘amoldarlas’ y esa energía particular de los comienzos: mezcla de entusiasmo, miedo y una duda muy razonable sobre si todo esto era buena idea.

El albergue era simpático: camas marineras, baños compartidos, el olor institucional que tienen todos los albergues del mundo. Había otros peregrinos llegando, algunos con la cara de los que ya saben lo que es esto, otros con la cara de los que tampoco saben pero tampoco se lo muestran. Me puse el sello en la credencial —ese librito que vas llenando con sellos en cada albergue como prueba de que realmente caminaste y no tomaste el autobús— y me fui a dormir.

A las seis y media de la mañana, las luces del albergue se prendieron todas a la vez y arrancó una música clásica a un volumen que habría despertado a los muertos de todas las creencias. No era un ‘buenos días’ tímido. Era un ‘¡Arriba todos, que acá no hay pereza!’

Bueno. Ya empezamos.