El último día en Bali: puntos y lecciones del universo

Hay cosas que uno aprende en los viajes que no aparecen en ninguna lista de consejos prácticos. Cosas que el universo te enseña de formas que podría haber elegido más gentiles pero que aparentemente prefirió no hacer.

Último día en Kuta. Yo, dramática como siempre, dije: ‘hoy me voy a seguir surfeando hasta el último momento, no me importa nada, no me importa el avión de mañana ni el equipaje sin hacer ni el hecho de que mis piernas llevan días de turismo intenso’. Así, textual.

Las olas en Kuta son perfectas para aprender a surfear: largas, continuas, no muy altas. Las tablas de alquiler son baratas. Los instructores son pacientes con una paciencia que bordea lo sobrehumano. Y yo había aprendido los días anteriores a ponerme de pie, a mantener el equilibrio, a sentir cuándo venía la ola y cuándo agarrarla.

Lo que no aprendí fue cuándo parar.

Una ola más grande de lo habitual me agarró de lado, la tabla me golpeó la pierna y antes de que pudiera procesar lo que había pasado ya estaba sentada en la arena con un corte que claramente necesitaba atención médica. No de la dramática —ningún hueso roto, nada de eso— sino de la práctica: puntos de sutura.

El médico en la clínica cercana —uno de esos médicos balineses con una calma que ya quisiera yo en mis mejores días— me miró la herida, me miró a mí, y con una sonrisa completamente serena dijo: ‘Surfing?’. Como si ya supiera. Como si viera eso todos los días. Que probablemente lo hacía.

Me fui con los puntos, el tobillo vendado, la mochila sin hacer y la lección más simple y más difícil al mismo tiempo: los límites existen aunque vos no quieras escucharlos. El universo te los recuerda a su manera. A veces en forma de puntos de sutura.

“No sé si el universo me ama o si me tiene en su lista de entretenimiento personal. Porque cada vez que me ve tranquila, fluyendo, respirando profundo y diciendo ‘todo bajo control’… me manda algo.”