El norte de Tailandia tiene una energía completamente diferente al sur. Chiang Mai está a setecientos metros sobre el nivel del mar, lo que significa que hace menos calor —solo calor normal, no calor sobrenatural—, que los atardeceres son espectaculares y que el aire tiene algo más limpio. La ciudad está rodeada de un foso y parte de la muralla original del siglo XIII todavía está de pie.
El casco antiguo es una cuadrícula de calles donde en cada esquina hay un templo, un café bohemio o las dos cosas. Los cafés de Chiang Mai se merecen un capítulo propio: hay una cultura del espresso y del cold brew que no te esperás encontrar en el norte de Tailandia, con locales de diseño cuidadísimo, playlists perfectas y tortas que tienen la misma calidad que las de cualquier capital europea. La gente que llega a Chiang Mai a pasar una semana se queda tres meses. Es ese tipo de ciudad.
El Doi Suthep es el templo en la cima del monte que lleva el mismo nombre. Subís trescientos nueve escalones entre dragones de siete cabezas que te flanquean a los costados, y arriba llegás a una explanada de oro puro bajo el sol donde el viento trae el sonido de las campanas. Desde ahí se ve toda la ciudad abajo y los arrozales más allá y las colinas azules en el horizonte. Una de esas vistas que uno guarda para los días grises.