Para llegar a las Cuevas Pak Ou hay que subirse a una barcaza en el Mekong y navegar río arriba durante dos horas. Y esas dos horas son en sí mismas algo que vale la pena: el río es ancho y marrón y lento, las orillas tienen aldeas donde los niños te saludan desde la costa, y la selva va cerrándose sobre el agua a medida que avanzás y las colinas se vuelven más altas y más verdes.
Las cuevas están enclavadas en un acantilado sobre el río. Son dos: una baja, iluminada por la luz natural que entra desde la entrada, y una alta, completamente oscura, donde hay que entrar con linterna. Y en las dos hay budas. Miles de budas. Figuras de todos los tamaños, de madera y de piedra y de metal, algunas doradas y algunas desgastadas por siglos de humedad, en todas las posiciones posibles: sentados, parados, recostados, con las manos en distintos mudras que cada uno significa algo diferente.
Me llevaron ahí por primera vez en vida, cuatro cientos años de devoción concentrados en esas dos cuevas. La gente del lugar trae sus budas rotos o viejos ahí para darles un retiro espiritual. No los tiran: los llevan a un lugar sagrado para que descansen. Hay algo en esa idea que me parece de una ternura enorme: que hasta los objetos sagrados merecen un lugar para quedarse tranquilos al final.