En Luang Prabang hay treinta y tres templos budistas para una ciudad del tamaño de un barrio. Y lo que aprendí caminando por todos ellos es que ninguno es igual al otro, aunque a primera vista parezcan parecidos.
El Wat Xieng Thong es el más famoso y el más hermoso: tiene un techo que baja casi hasta el suelo en capas superpuestas como escamas de algún animal antiguo, y en la fachada trasera hay un árbol de la vida hecho de mosaicos de vidrio de colores que de noche, con iluminación, parece una joya viva. En el patio hay una carroza fúnebre dorada que usaron para el último rey de Laos, cubierta de dragones entrelazados, que te recuerda que este país también tuvo reyes y que los reyes también se mueren.
El Wat Sensoukharam me agarró por sorpresa: entré pensando ‘otro templo más’ y me encontré con un exterior rojo y dorado que te deja sin aliento y un interior que tiene murales que cuentan la vida del Buda con una riqueza de detalle que podés pasar horas mirando sin aburrir. Cada escena está pintada con una precisión de miniaturista: las caras, las manos, las telas, los árboles.
El Wat Choum Khong es el que me puso en mi lugar. Lo fui a ver con la actitud de ‘lo cumplo rápido y sigo’. Pero apenas entré, un monje joven que estaba estudiando levantó la vista, me sonrió, y gesticuló que me acercara. Me hizo sentar en el piso. Me ofreció te. Y estuvo media hora —con el poco inglés que tenía y con gestos y risas— explicándome el significado de cada escultura del patio. Salí una hora después, el doble de lenta que cuando llegué.
“Laos no te grita sus maravillas. Las susurra. Y si sabés escuchar, cada templo tiene algo que decirte.”