Cuarenta kilómetros al sur de Luang Prabang, metida en la jungla como un secreto que la naturaleza no termina de guardar bien, está la cascada Kuang Si. Y si hay un solo lugar en Laos que realmente necesitás ver, es este.
Se llega en tuk tuk por una ruta que va atravesando aldeas y arrozales y selva que se cierra sobre el camino. Ya antes de llegar escuchás el ruido del agua, ese sonido constante y profundo que tienen las cascadas grandes. Y después de caminar unos minutos por el parque, aparece.
El agua baja en cascada sobre formaciones de travertino que crean una serie de pozas escalonadas de un azul turquesa que parece inventado por alguien que quería exagerar. Pero no está inventado: es así. La cal disuelta en el agua crea ese color y esa transparencia que hace que el fondo de dos metros de profundidad se vea perfectamente limpio. Los árboles alrededor son enormes, con raíces que se meten en el agua, y la luz que se filtra a través del follaje crea esos destellos que hacen que todo parezca una película y no una realidad.
Me quedé en el agua un rato largo. Flotando de espalda mirando el cielo entre las copas de los árboles. El ruido de la cascada principal en el fondo. El frío del agua que te despierta algo que la ciudad dormía. Ese tipo de momento que querés guardar entero, no en una foto sino en algún lugar más profundo, para traerlo cuando más lo necesitás.